XIII Carrera del aceite

Marzo de 1975: mi padre es trasladado a otra localidad y toda la familia abandonamos Los Navalmorales; sin embargo, no estábamos lejos y las visitas al pueblo eran frecuentes y casi todos los veranos los pasaba allí.

Septiembre de 1985: mi último verano en el pueblo. Desde entonces las visitas al pueblo se fueron espaciando cada vez más y en los últimos años visito el pueblo que me vio crecer de pascuas a ramos; es por esto que cuando descubrí la Carrera del Aceite decidí que participaría siempre que pudiese en esta carrera, ya que me sirve de excusa perfecta para visitar este bonito pueblo del que tengo tantos recuerdos.

Cuando venía de camino me iban viniendo a la cabeza recuerdos de tiempos pasados y la nostalgia me iba embargando. Recuerdo aún, como si fuese hoy, las palabras de mi padre siempre que nos acercábamos al pueblo, después de pasar las interminables rectas viniendo de Malpica: “ya veo la Sierra del Santo”. Hoy sin embargo no se veía, el humo de los molinos de aceite lo impedía.

Es por tanto, la carrera del aceite, no una prueba atlética sino una peregrinación al pasado, un viaje a la nostalgia, un reencuentro con mis recuerdos y sobre todo un torrente de emoción cuando llego al lugar donde mi padre descansa, donde me siento más cerca de él.

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Ya se ha convertido en una rutina que espero cada año con anhelo. Espero a que salga las inscripciones, me apunto e aguardo impaciente hasta el día señalado. Me levanto temprano, desayuno, salgo de mi casa, me monto en el coche y cuando me desvío de la carretera de Extremadura en la salida 86, cuando la carretera pasa de una autopista de dos carriles de ida y otros tantos de vuelta a una carretera comarcal estrecha es entonces cuando la memoria retrocede un montón de años y ya no voy montado en el coche, ahora estoy en un era con los amigos, persiguiendo un balón y desollándome las rodillas con las piedras.

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Este año llegamos con el tiempo un poco justo. Aparcamos el coche, fuimos a recoger los dorsales al silo y volvimos al coche a cambiarnos de ropa y disfrazarnos de corredores. Mientras nos cambiábamos, nos encontramos con Tito, que enseguida me reconoció. Estuvimos hablando un buen rato y una de las cosas que comentó fue que la carrera debería ir por las calles del pueblo y no por las afueras y la verdad es que tiene toda la razón.

A mí me gustaría más bajar toda la carretera hasta la iglesia, subir hasta el Rollo, pasar por la plaza de las flores, subir por la calle Concepción, empalmar con la calle del Caño y bajar por la calle Antonio Palomeque otra vez a la carretera. O incluso callejear aún más para recorrer más calles. Pero esto es un deseo y no creo que sea fácil de cumplir. Imagino que es más fácil sacar la carrera por los caminos fuera del pueblo y cortar las menos calles posibles.

Después de departir gustosamente con el bueno de Tito, nos despedimos y estuvimos haciendo la vuelta para ver si era la misma de los años anteriores y sí, lo era. Ya sabíamos a los que nos íbamos a enfrentar.

Con puntualidad suiza, a las 11:30 dieron la salida. Calculaba a ojo que seríamos unos cien participantes y como suele ocurrir en esta prueba, había gente de mucho nivel, tanto hombres como mujeres. En el calentamiento había visto a la china Dong Liu y a mi paisano Marcos Bueno. Ambos han ganado esta prueba ya unas cuantas veces. También vi a José Felix, conocido como el somalí madrileño, que con su camiseta amarilla del club Akiles se postulaba como uno de los hombres fuertes de la carrera. Luego me comentó que acababa de salir de una lesión y que no estaba todavía a tope.

Como ocurre siempre en estas carreras cortas y con gente de mucho nivel, el personal sale a toda pastilla, como si no hubiese mañana, y enseguida ocupas tu nicho en el hábitat de la carrera, sobre todo una vez que se corona la cuesta por primera vez, poco antes del punto kilométrico uno. Las bajadas se me dan fatal y en la primera de ellas me adelantó un tipo con una buena melena que bajaba bastante deprisa.

Después de esa bajada tan pronunciada se llega al punto más bajo, cuando se pasa por el arroyo -que no llevaba ni gota de agua- y empieza una segunda subida ni tan larga ni de tanta pendiente como la primera para llegar hasta la carretera y ya en terreno llano llegar a la gasolinera para pasar esta y alcanzar el arco de meta donde empieza la siguiente vuelta.

Como a diez o quince metros iba un pequeño grupo donde marchaba una mujer a muy buen ritmo. Pensé que a lo mejor podía llegar hasta ellos, pero no iba a resultar fácil porque iban a un ritmo muy parecido al mío.

En la segunda vuelta poco cambió mi posición, mantuve mi puesto apretando los dientes en la subida y tratando de bajar lo mejor que pude, o sea, mal. Al pasar por meta otra vez vi que la chica del dorsal siete (luego supe que era Mónica Yerra) me seguía sacando unos metros, pero después de una vuelta no había conseguido recortar ni un segundo.

En la tercera vuelta subí más o menos bien y en la bajada me adelantaron dos chicas que iban como almas que lleva el diablo. Con mi triste zancada no pude ni seguirlas y vi que se iban alejando poco a poco. Ellas veían que Mónica Yerra no estaba muy lejos e iban a por ella. Pero les pasó lo mismo que a mí, que no conseguimos alcanzarla.

Ya llegando a meta pude presenciar la pelea por parte de las dos chicas que me habían adelantado por ver quien llegaba antes. Había varios litros de aceite en juego y merecía la pena esforzarse por llegar una delante de otra. Al final fue María Lourdes Pérez quien llegó unos segundos antes que Isabel Ojea. Yo llegué unos segundos por detrás de Isabel haciendo un tiempo oficial de 19:09 que es mejor que el año pasado, pero sospecho que este año el circuito es algo más corto. Debieron poner las vallas más cerca de la gasolinera.

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Después de llegar a meta, fuimos al coche a cambiarnos y después volvimos a ver las clasificaciones. Mi amiga con la que me había acercado al pueblo se ha llevado estos últimos años alguna garrafa de aceite, pero este año sólo pudo ser séptima de su categoría. Lástima.

Después de mirar las clasificaciones nos pasamos por el restaurante Las Ruedas y nos tomamos unos cortos, fieles a la costumbre de este pueblo. Luego, vuelta a casa. El año que viene aquí estaremos.

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