Había puesto el despertador a las seis y cuarto, pero poco antes de las cinco y media me desperté y aunque traté de dormirme no hubo manera. Desayuné dos tostadas de pan con mantequilla de cacahuete y mermelada abundante y una taza de leche con bastante café soluble. Solté lastre, preparé las cosas y a las siete y cuarto estaba abajo. Me extrañó que no hubiese llegado aún mi compañero, pero no tardó mucho en hacerlo. Nos pusimos en marcha rumbo al metro y enseguida nos encontramos con la otra compañera del Club Atletismo Zofío. Fuimos andando hasta la boca de metro de Plaza Elíptica y allí nos encontramos con algunos amigos prodolongueros que nos iban a acompañar para luego animarnos en diversos puntos del recorrido.
Fuimos hasta Príncipe Pío por la línea 6 y allí cogimos la línea 10 hasta Alonso Martínez. Bajamos andando por Génova hasta Colón y un poco más arriba estaban todas las carpas del ropero, que eran bastantes ya que cada una admitía 500 bolsas. Por allí me encontré con Josetxu, al que estuve saludando y que fue el único de MaraTI+D al que vi. Nos hicieron unas fotos, nos vestimos de corredor, dejamos la bolsa en el ropero y fuimos andando hasta nuestro corral, que era el 4. Al dejar la ropa perdimos de vista al compañero al que ya no volvimos a ver. Con el tiempo ya un poco justo llegamos al corral señalizado con el número 4 y nos dijo la señora que todos los que había por allí eran del 5, lo que me pareció muy extraño, pero como ya era muy tarde nos metimos por esa puerta y tratamos de avanzar todo lo que pudimos, que no fue mucho. Al final en vez de salir a las nueve y cinco como correspondía al cajón 4 salimos a las nueve y cuarto, la hora del cajón 5.

Por fin dieron la salida y costó llegar al arco de salida porque había mucha gente por delante. Nos pusimos en marcha y enseguida dije a mi compañera que iba a hacer Galloway corriendo dos kilómetros y andando 45 segundos y que si ella quería no hacerlo, que no hacía falta que me esperara, me respondió que no sabía si iba a aguantar tantas paradas y arrancadas. Subimos a Plaza Castilla a ritmo suave, que salir subiendo tiene su historia si te dejas llevar por la euforia. Si habíamos subido tranquilos, en la bajada por Bravo Murillo tenía que ir frenando a mi compañera porque se embalaba poniéndose a 4:45 cuando mi ritmo objetivo era medio minuto más. Llegamos a Cuatro Caminos y allí me encontré por primera vez con Juan Ignacio, que estaba esperando a Rafael. Le pregunté por él y me dijo que venía algo detrás. Cruzamos el puente sobre las Castellana y allí vimos a los pradolongueros que habían venido con nosotros en el metro. Poco después nos metimos por el primer túnel, por debajo de la plaza de la República Argentina.
No fue el único túnel, pasamos por debajo de Avenida de América y por debajo de Manuel Becerra. Subimos por O’Donnell y allí, sobre el kilómetro diez, me comí mi trozo de guayaba y noté que no me cayó bien al estómago. Quince minutos antes de salir me tomé un gel de 32 gramos y no sé quejó mi estómago, pero no le gustó la guayaba o no le gustó por el hecho comerla al ir corriendo. Llegamos hasta el Retiro y luego estuvimos callejeando por el barrio de Salamanca, cosa que no me gustó mucho, sobre todo el tramo de Príncipe de Vergara hasta la plaza del Marqués de Salamanca, que es un bonito repecho, que luego baja por la misma calle hasta Goya. Mucho callejeo y muchas cuestas, hasta ese momento casi todo era subir y bajar y así fue todo el recorrido. Cruzamos la Castellana, llegamos a Rubén Darío y bajamos hasta Alonso Martínez por Almagro. En ese tramo, más o menos llano, quizás favorable, mientras íbamos andando nos adelantaron Sonia y David, pero cuando nos pusimos a correr nos pusimos a su altura, cruzamos cuatro palabras y los dejamos atrás pensando que nos adelantarían a no mucho tardar, pero no los volvimos a ver.
Transitando por Carranza iba mirando por si veía a mi hermana, lo que me causó una gran tristeza. Pasada la glorieta de San Bernardo, kilómetro 18, en plena cuesta abajo tocó ponerse a andar y aproveché para meterme la tercera carga, consistente en un gel de tamaño normal, todo consensuado con ChatGPT. Si la guayaba me cayó mal, el gel me cayó peor y empecé a notar el estómago mal y como un pinchazo en la tripa, entonces comprendí que lo de tomar geles o comer algo en carrera no me viene nada bien, quizás haya que entrenarlo o quizás lo mejor sea no tomar nada. Llegamos a Gran Vía y allí nos encontramos que ya iba gente andando subiendo ese duro repecho y no creo que fuese debido a que iban haciendo un Galloway. En Callao estaban los pradolongueros, que nos volvieron a animar, aunque alguno no se dio ni cuenta que pasamos. Por fin en Sol nos separamos de los de la media, ya que ellos giraban hacia la izquierda y nosotros hacia la derecha embocando la calle Mayor con su correspondiente repecho.

Llegamos a Bailén, Palacio Real y en el carril que va hacia Plaza España estaba la media maratón, que pasamos en 1h52 y pico, lo que me hizo pensar que podríamos hacer 3h45 si la cosa marchaba bien, pero ya el calor apretaba de lo lindo y eso era un hándicap muy grande para tratar de hacer una segunda media mejor o igual que la primera.
Subimos por Plaza España y luego seguimos subiendo por la calle Princesay yendo por la plaza de los cubos un corredor que iba delante se cayó al suelo, un tipo que estaba por allí viendo a los corredores le ayudó a levantarse, algo más delante le preguntamos qué tal estaba y dijo que bien. Seguimos subiendo hasta Marqués de Urquijo y comenzamos a bajar esa cuesta de buena pendiente. Me acordé que en 2023 allí decidí retirarme porque empezó a dolerme toda la pierna. En aquella edición seguí corriendo hasta el Puente del Rey donde me retiré. Esta vez no tuve la menor molestia y seguimos a lo nuestro. Poco después me dijo la compañera que ya sólo quedaban tres kilómetros para ver a una amiga que nos esperaba a la entrada de la Casa de Campo y me alegró porque eso quería decir que ya íbamos por el 23 y en mi cabeza me parecía que llevábamos menos. Bajamos hasta el Puente de los Franceses, seguimos por la Avenida de Valladolid y llegamos a la Casa de Campo. Allí vi a la amiga, que se puso a correr con nosotros, y lo curioso es que junto a ella había otros conocidos que no los vi, lo que se llama visión tubular.
Me dio un gel con cafeína que no estaba muy seguro de tomar, me debatía entre más energía para afrontar los últimos kilómetros o estropear más la tripa. Al final lo tomé y fue un grave error porque lo que antes eran molestias en la tripa, ahora eran retortijon. Desde que se entra a la Casa de Campo, poco antes del 27 hasta el kilómetro 30 es todo terreno ascendente. Fue en ese punto kilométrico donde se me ocurrió soltar aquello de que la maratón empezaba allí, recordando las palabra de Martín Fiz que decía que todo lo anterior era para hidratarse y que ahí comenzaba la carrera. Sobrepasamos ese kilómetro 30 y casi inmediatamente hicimos un giro de 180 grados y comenzamos a bajar lo que habíamos subido. En el 32 cogió mi amiga un gel para mí, pero la tripa dijo no y preferí hacer caso a mis entrañas. La salida de la Casa de Campo por la cuesta del metro de Lago se me hizo dura y traté de recuperar esos segundos bajando por la Avenida de Portugal. Subimos al Puente de Segovia donde suponía iba a tener a «mi grupo de fans», pero no estaban, se habían colocado algo más abajo, cerca del kilómetro 35. Nos animaron, pero las piernas ya las notaba que no estaban frescas, tenía los gemelos que parecía que me iban a estallar y me seguían dando retortijones en la tripa. En ese punto me tenía que haber tomado otro gel con cafeína, pero hubiera sido una locura meterme otro gel tal como iba la tripa.
Mi compañera decía, venga, que ya sólo quedan siete kilómetros, pero yo pensaba, ya quedan algo menos de dos para llegar al 37 y ponerme a caminar otra vez. Aquí fue la primera vez que ya empecé a desear que acabaran los dos minutos de correr y comenzaran los de andar. Llegamos hasta el Puente de San Isidro, lo cruzamos, giramos a la izquierda y pasamos por un tramo del Paseo de Melancólicos, lo que me hizo acordarme de unas estrofas del himno del centenario del Atleti: «… Ben Barek y Caminero, Paseo de los melancólicos, Manzanares cuánto te quiero…». Ya estábamos en el 36 y aún iba bien de ritmo… Hasta que llegó la cuesta de la Calle Segovia, ya pasado el 37. Tuve algo de fortuna porque justo al comenzar la subida pitó el reloj indicando que habían pasado los dos kilómetros de correr y tocaba andar esos 45 segundos, que en esa cuesta me supieron a poco, me tuve que poner a correr enseguida. Los siguientes dos kilómetros que incluían lo que me quedaba de la subida a la Calle Segovia, la bajada por Ronda de Segovia, la subida al Paseo Imperial y un falso llano por el Paseo de las Acacias fue lo que más duro me resultó, miraba el reloj y ya desde luego había olvidado los 5:15, ahora no quería llegar a seis de ninguna manera y lo conseguí, ya que esos dos kilómetros me salieron a 5:47 y pensé que lo peor ya había pasado, aunque lo que quedaba no era una perita en dulce, desde luego.

Por allí andaba Joaquín, que nos hizo unas fotos y me vinieron muy bien sus ánimos. Pensé que ya quedaban poco más de dos kilómetros y que la última caminata, que debería hacer por el kilómetro 41 me la iba a ahorrar, así que apreté los dientes y pensé que cuanto más deprisa fuera más pronto llegaría a meta, pero claro, una cosa es pensarlo y otra cosa es que te hagan caso las piernas, pero no me puedo quejar porque hice lo que me quedaba rondando los 5:30, nada mal. Llegué a meta con las dos compañeras agarrados de la mano marcando mi cronómetro un tiempo de 3:48:18, un poco mejor que un mes antes en Badajoz siendo un circuito más duro, con mucho calor… Y más largo, porque en la capital pacense me salieron casi 700 metros menos. Dar las gracias a las dos compañeras que fueron conmigo porque gracias a sus ánimos no desfallecí en ningún momento.

Me dieron el medallón, cogí la bolsa de avituallamiento que contenía tres botellas de agua y me las fui bebiendo una detrás de otra, estaba sediento. Me tumbé un rato en el césped y cuando me fui a levantar casi no podía, me dolían las caderas, cosa que no había notado mientras corría. Después de un rato de descanso nos fuimos hacia Colón, subimos al metro de Alonso Martínez y volvimos a Plaza Elíptica, deshaciendo el camino de ida y desde el metro fuimos andando hasta nuestro bar de confianza donde me tomé dos dobles de cerveza sin, que me sentaron bastante bien, parece que la tripa ya estaba mejor.
Ha sido el segundo maratón siguiendo el método Galloway y creo que me ha ayudado bastante a dosificarme porque hubo multitud de pinchazos debido sobre todo al calor, que es uno de los enemigos más fieros del maratoniano. En Madrid también hay otro enemigo que es la dureza del recorrido que te va machacando las piernas desde la salida, ya que es todo un sube y baja. Así que contento, sesenta años y el 32 a la buchaca. Y posiblemente este año caiga otro y fuera de nuestras fronteras. Veremos. De nuevo Galloway nos estará esperando.






















