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XL Maratón de Madrid

Debuté el 26 de abril de 1987 en la maratón de Madrid y tenía ilusión de treinta años después demostrar que sigo en la brecha. Por aquello del aniversario, la idea era haber preparado bien la maratón, pero entre una lesión en el mes de enero y una terrible lumbalgia a tres semanas de la carrera, llegué a la línea de salida con un preparación más bien corta, así que el objetivo era hacer algo similar a las dos últimas maratones, que consistió en salir tranquilo y tratar de llegar a meta sobre las tres horas y cincuenta minutos.

En un principio habíamos quedado tres pradolongueros para tratar de ir juntos, pero un par de semanas antes Joaquín se lesionó en la rodilla y Miguel no estaba nada convencido de terminar la carrera. Aún así consiguió un dorsal y los dos nos presentamos en la línea de salida. Recogí a Miguel a las 6:55 y poco después de las siete estábamos aparcando el coche en Alfonso XII. Como habíamos pensado dejar la ropa en el coche, teníamos mucho tiempo hasta las 8:30 que habíamos quedado con los compañeros de MaraTI+D y asociados. Nos acercamos a la línea de meta, ya que tenía ganas de soltar lastre.

Con mucha tranquilidad nos fuimos dando un paseo, hicimos lo que teníamos que hacer y de vuelta nos pusimos en camino hacia la terraza del Ritz donde habíamos quedado. Nos encontramos en el camino con Isidoro y Chema, con los que estuvimos charlando. Resultó un paseo muy agradable por el Parque del Retiro, disfrutando del fresquito de la mañana sabiendo que ese fresco se iba a convertir en calor pocas horas después.

Llegamos con tiempo al punto de encuentro y nos hicimos la foto de rigor, aunque no salió demasiado bien…


En la salida de la Maratón de Madrid 2017

En contra de lo habitual, pensando en el calor, elegí salir con una camiseta más clara y bien recubierto de crema protectora, ya había sufrido en alguna maratón anterior quemaduras en los brazos y hombros y esta vez no estaba dispuesto a que volviera a pasar. Además había metido en el bolsillo del pantalón seis píldoras de sales porque sudo mucho y las sales se acaban si solo bebes agua. Fue de Miguel la idea de las píldoras y creo que fue un acierto. Habíamos pensado meternos una píldora cada diez kilómetros.

Después de la foto estuvimos haciendo tiempo porque íbamos a salir con un par de compañeros, pero éstos no llegaban y a las 8:45 nos fuimos hacia el cajón tres que me habían asignado. Estuvimos haciendo tiempo viendo a los paracaidistas cómo caían y escuchando al locutor dar salida a las múltiples pruebas: los de las sillas de ruedas, los élite de la media, los élite de la maratón y al final, el resto de mortales, que salimos algún minuto después de lo previsto. De nuevo, por aquello de la foto, salieron juntos los de la media y los de la maratón, lo cual es una idiotez supina que repiten una y otra vez para abultar los números.

Salimos muy tranquilos, principalmente porque era cuesta arriba y porque iba a hacer muuuucho calor, que ya a las nueve se notaba la calorina. Además el increíble gentío tampoco permitía ir demasiado deprisa y eso que salimos del tercer cajón, que los que salieron del sexto o séptimo debieron tardar lustros en ponerse a correr.

En Plaza de Castilla, kilómetro cinco, se acababa la primera cuesta, que es prácticamente desde la salida. Tomamos nuestra primera botella de agua y miramos el reloj. Habíamos completado este primer tramo a 5:30, dentro de lo previsto.

La bajada por Bravo Murillo hasta Cuatro Caminos se hace rápida, pero tampoco queríamos lanzarnos, por lo que aumentamos el ritmo sólo un poco. Llegamos al kilómetro diez fenomenal y después de coger la botella de agua ingerimos la primera de las píldoras de sales.

Empezamos a notar que la ingesta de agua nos estaba llenando la vejiga, provocándonos ganas de vaciarla, así que decidimos parar donde el año pasado, en la calle Francisco Silvela, que es cuesta abajo y luego se tarda menos en volver a coger el ritmo. Pasado el kilómetro trece se encuentra la subida por la calle Serrano que tiene su miga, es bastante inclinada, aunque afortunadamente no demasiado larga. Poco después, pasando al otro lado de la Castellana, cerca de Rubén Darío nos adelantó el globo de las 3h45, pero no lo dimos la menor importancia, considerábamos que nuestro ritmo era bueno y que ya le adelantaríamos.

En el kilómetro quince, ya subiendo Santa Engracia, agarramos otra botellita de agua para tratar de subir con energía esa bonita cuesta, pero mi pensamiento no era otro que ver a mi madre que esperaba un par de kilómetros después. Miré el reloj y vi que íbamos a llegar un poco antes de lo que le había dicho, pero pensé que mi madre, que es muy previsora, estaría antes de la hora establecida. Y así fue, en el kilómetro diecisiete estaba esperando con un plátano. Un abrazo y un beso a cambio de la fruta y emoción a raudales.

Compartí el plátano con Miguel bajando San Bernardo y sin querer ya estábamos en Gran Vía donde empieza uno de los tramos más emocionantes de la carrera. El paso por Gran Vía, Callao, Sol y la calle Mayor pone los pelos de punta incluso a los más insensibles. Es alucinante como te llevan en volandas con sus gritos de ánimo. Yo tengo a tendencia a acelerarme con los gritos, pero Miguel me paraba cuando aumentaba el ritmo. Allí vi a Andrés, animando al personal. ¡Mucha gracias Andrés!

El paso por el Palacio Real, sobre el kilómetro veinte, también es emocionante, hay mucha gente animando. De nuevo echamos mano a una píldora y con un buen trago de agua conseguimos ingerirla. Y poco después otro trozo de plátano en el avituallamiento cercano a la media maratón. Pasamos por la pancarta de la media, miré el cronómetro y vi 1h52. Le comenté a Miguel que pensaba que íbamos mejor que el año pasado, pero no estaba demasiado seguro. Me sorprendió no ver un reloj en el arco de la media y pensé que ahorrando por aquí y ahorrando por allá, al final se sacan unas perrillas más de beneficio.

Pasamos Ferraz, Rosales y comenzamos a bajar por el Paseo de Camoens hacia el Puente de los Franceses. En una de las primeras curvas, sobre el veintitrés, vimos a un individuo tirado en el suelo, de lado, atendido por otros corredores. Daba muy mal rollo, espero que la cosa no haya ido a mayores. No era el primero que veíamos a alguien parado, pero sí parecía el más grave. Posiblemente el calor ya iba haciendo de las suyas.

La Avenida de Valladolid se hace larga. Íbamos todos por nuestra izquierda buscando la sombra, aunque cuando acaba esta avenida y empieza el Paseo de la Florida, no queda más remedio que ponerse a la derecha donde no hay nada de sombra. En la Puerta de San Vicente también había muchísima gente animando, dejando un pasillo estrecho que llega hasta la estrecha y empinada bajada hasta el río. Allí había un puesto de avituallamiento donde repartían geles. Cogimos un gel y una botella y nos la vimos y nos la deseamos para conseguir abrir el dichoso gel. Luego fue ingerido con rapidez y bien pasado por agua para que se nos quitara esa sensación de tener la boca pastosa.

La subida al lago de la la Casa de Campo es bastante dura y luego el camino por el Paseo de los Plátanos sigue siendo ascendente. Empecé a notar que Miguel se iba quedando un poco por detrás. El tránsito por la Casa de Campo es muy agradable porque vas todo el rato por la sombra. Al contrario que en años anteriores que el recorrido por la Casa de Campo era más largo y estabas deseando terminar, ahora daban ganas de que no acabase nunca por el frescor que se sentía.

Lo malo es la salida por el metro de Lago, allí nos obsequian un año sí y otro también con una bonita cuesta, pero también la animación es bárbara en ese punto. Al acabar la cuesta Miguel se quedó otro poco, poco antes del kilómetro treinta y en la cuesta de la Avenida de Portugal ya me separé definitivamente. No me porté bien con él, pero como salió con la idea en la cabeza de que a lo mejor abandonaba me fui… Pero no debería haberlo hecho ya que probablemente si hubiera seguido con él quizás no hubiera abandonado, pero yo seguía obsesionado con “mi” treinta aniversario y no pensé en otra cosa. Mea culpa.

Subí la cuesta de Marqués de Monistrol a buen ritmo, ayudado por la música de Rosendo, el ilustre carabanchelero. Y poco después de coronar, los gritos de ánimo de mis cuñados me dieron alas. Fueron los kilómetros más rápidos, me sentía como en una nube. Pasé por el Paseo de la Ermita del Santo como una exhalación. Crucé el Puente de San Isidro donde cogí un trozo de plátano. No sé si fue la fruta o la vista del Vicente Calderón, pero las piernas iban a una velocidad endiablada -dentro de lo que cabe- y así seguí hasta la cuesta de la Calle Segovia, donde no me quedó más remedio que aflojar el ritmo. En esa cuesta iban andando bastantes corredores y resultaba complicado adelantar.

Coroné la cuesta, me dejé caer por Ronda de Segovia relajando los brazos y comencé a subir el Paseo Imperial bastante bien. De nuevo, en esa cuesta iba mucha gente andando. El hombre del mazo no daba abasto. Acabó la subida y después de coronar me dejé caer por el Paseo del Doctor Vallejo Nájera sabiendo que era la última bajada antes del festival de cuestas arriba.

El Paseo de las Acacias y su continuación por Ronda de Valencia y Ronda de Atocha se me dio mejor de lo que yo pensaba, pero al llegar a Atocha, empezó a darme el bajón y empecé a subir el Paseo del Prado notando ya flojedad en las piernas. Juanqui me acompañó desde Atocha tratando de animarme y me vino fenomenalmente bien porque iba notando que las fuerzas me iban abandonando poco a poco. Mal del todo no iba porque seguía adelantando gente, aunque alguno que otro me pasaba a mí.

Empecé a marcarme pequeñas metas. Primero llegar a Neptuno, donde espero estar dentro de poco más de un mes 😉 luego llegar a Cibeles, después a Colón. En Colón, enfilé Goya y el objetivo era la esquina de Goya con Velázquez. Todo picaba para arriba, pero la cuesta de Velázquez tiene tela marinera. Suprimieron Alfonso XII, pero no sé cual es peor. Pasé el kilómetro cuarenta y le dije a Juanqui que cogiera una botella de agua por mí en ese avituallamiento, ya no tenía ganas ni de pelearme por conseguir una botella.

Nada más pasar el avituallamiento coroné la cuesta de Velázquez y enfilé Ortega y Gasset más animado, pensando que lo peor ya había pasado. Llegué a la Plaza del Marqués de Salamanca y ya vi Príncipe de Vergara con su bonita cuesta abajo. Traté de alargar la zancada lo que puede para acelerar un poco el ritmo, pero sospecho que no fui mucho más rápido.

La entrada en el Retiro, como siempre, resultó apoteósica. Entre que el terreno es favorable, que ya no queda casi nada para terminar y el griterío del respetable, este último tramo es realmente fantástico. Todo lo sufrido se olvida en cuanto se pone el pie en el Paseo de Fernán Nuñez. Ese último kilómetro de gloria es tremendamente emocionante.

En este último tramo me adelantaron unos cuantos, ya que no aceleré por la proximidad de la meta. En 2010, en un día también muy caluroso, fui a tope hasta el final y llegué algo mareado a meta, así que me tomé con tranquilidad el tramo por el Retiro, tratando de disfrutar de los últimos metros de mi vigésima séptima maratón.

Pasé por línea de meta cuando el cronómetro marcaba 3h47 por lo que descontando el tiempo que tardé en pasar por la línea de salida se convierte en un tiempo neto de 3:46:39, así que tengo que estar satisfecho ya que he conseguido estar en la horquilla prevista antes de comenzar. Treinta años después, lo volví a hacer, eso es buena señal. No sé si aguantaré corriendo otros treinta años, pero se intentará, aunque no creo que corriendo maratones.

Después de pasar por la línea de meta, recibí la medalla, me dieron un bolsa con comida y bebida y me fui hacia el coche. Tenía la esperanza de no encontrar a nadie allí, lo que hubiese significado que Miguel habría llegado a meta. Y así fue, Miguel no estaba… Pero llegó al poco diciendo que venía del “servicio”. Me apenó saber que se había retirado ¡¡¡en el kilómetro treinta y siete!!!


Tiempos de paso en la maratón de Madrid

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XXXIX Maratón de Madrid

Habíamos quedado tres compañeros pradolongueros poco antes de las siete de la mañana para ir hacia la meta de la carrera, sita en el Retiro. Lo hicimos con tiempo para encontrar fácilmente tiempo para aparcar. Y lo encontramos enseguida a esas horas.

Joaquín tenía ganas de tomarse un café así que estuvimos buscando una cafetería, pero a esas horas no había nada abierto. Así que optamos por ir hacia el guardarropa paseando tranquilamente por este bonito parque del Retiro. Nos hicimos un selfie en el Bosque del Recuerdo, monumento construido como homenaje a las 191 víctimas de los atentados del 11 de marzo de 2004.

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Con el Bosque del Recuerdo a la espalda

Llegamos a la zona del guardarropa, inspeccionamos el terreno, soltamos lastre y como Joaquín seguía erre que erre fuimos por la zona de Menéndez Pelayo buscando una cafetería abierta. Encontramos una casi abierta, pero nos dijo que esperásemos cinco minutos. Viendo que se nos podía hacer tarde, volvimos a la zona del guardarropa a dejar nuestras pertenencias. En un rato se había llenado esa zona de gente y aunque la entrega de la ropa fue rápida, salir de allí fue toda una odisea porque las colas que se formaban esperando entrar en los servicios eran tan grande que casi llegaban al otro extremo de la calle. El carajal era tremendo. Punto negativo para la organización.

Había quedado con los compañeros de MaraTID en la terraza del Ritz. Fuimos para allá, pero llegamos quince minutos tarde, aún así, tuvieron la gentileza de hacernos una foto, en la que salimos con una pinta curiosa.

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Pradolongueros y maratidianos, junto a la terraza del Ritz

Con veinte minutos todavía por delante nos dirigimos hacia el cajón número dos. Entramos tranquilamente y allí estuvimos viendo como los paracas se lanzaban con sus paracaídas. Entre el espectáculo, la charla con unos y con otros, la ingesta de un bollito que me llevé y el rasgar el impermeable de Miguel se nos fue pasando el tiempo rápidamente y cuando nos quisimos dar cuenta ya estaban saliendo los corredores de élite y cinco minutos después, el resto de la tropa. Desde el pistoletazo de salida hasta que atravesamos la línea, pasó poco más de un minuto y nos pusimos en marcha a un ritmo tranquilo, que la preparación había sido nula y los kilómetros que quedaban, muchos.

Hace tres años me diagnosticaron condromalacia rotuliana en la rodilla izquierda. He comprobado que no me impide seguir corriendo si no hago muchos kilómetros, pero que cuando hago tiradas largas me molesta un montón. Así que la semana que más kilómetros he hecho ha sido de 42 km y por lo tanto, la preparación para la maratón dejaba mucho que desear… Siendo generosos.

Con esta perspectiva, la única posibilidad que tenía de acabar entero era hacerla muy tranquilo. Y así fue, salimos a ritmos entre 5:20 y 5:30 con mucha calma, aunque un poco mosqueados por el sol, que brillaba muy luminoso en el cielo. Comentábamos que no era el día más propicio para hacer tantos kilómetros y menos para tratar de hacer un buen tiempo.

Salimos Joaquín, Miguel, Paco (un compañero de MaraTID) y un servidor con la idea de ir todos juntos. Recordando que el año pasado se rompió el grupo en el avituallamiento del kilómetro cinco, acordamos en encontrarnos en un determinado punto si el grupo se rompía. Pero este año no sucedió y cada uno agarró su botellita de agua sin perder de vista a los demás. La cosa no iba mal.

Un kilómetro y pico después de este primer avituallamiento empieza un terreno favorable dirigiéndonos hacia Plaza de Castilla y luego hasta Cuatroca, bajando por Bravo Murillo a un ritmo bastante más rápido que el previsto, pero el terreno descendente nos hacía mover las piernas deprisa, deprisa. En esta bajada nos adelantó la vela que indicaba un tiempo de 1h50 en la media. Ahí debería ir nuestro compañero Emilio, pero únicamente iba su compañera, que iba de lo más feliz por la espantada de Emilio. Ella pensaba que iría por detrás, pero la dijimos que seguro iría por delante, como así era. Estuvimos un rato con ella, pero decidimos bajar un poco el ritmo, que quedaba mucho todavía.

En el kilómetro 10 estaba situado el segundo avituallamiento. Cogimos otra botellita y poco después empezamos a sentir las consecuencias de la ingestión de líquidos y planeamos una parada técnica. Estábamos los cuatro de acuerdo en parar, por lo que entre el doce y el trece paramos a aliviarnos. ¡Qué placer descargar la vejiga!

Poco antes de llegar al kilómetro 14 se separa la media maratón de la entera. Allí nos despedimos deseando a los de la media tanta paz como descanso dejaban… Cosas de Joaquín, que considera un estorbo todo lo que no sea la carrera. Y no le falta razón.

Cruzamos de nuevo La Castellana por el puente de Rubén Darío, bajamos hasta Alonso Martínez y al comenzar a subir Santa Engracia (km 15) nos encontramos con Emilio II que nos animó lo suyo. Había quedado con mi madre, que vive cerca de San Bernardo y Joaquín me preguntó que en qué punto estaba. Le dije que cerca del kilómetro 15 cuando ya lo habíamos pasado. Íbamos tan bien que ni siquiera sabíamos los kilómetros que ya habíamos recorrido.

Subimos hasta José Abascal y comenzamos a bajar por San Bernardo. Mi madre estaba apostada poco después del kilómetro 17 y me esperaba con un bollito de pan de leche con nocilla. La di un par de besos a cambio del bollito y nos despedimos emocionados los dos. Fue un momento muy emotivo y me dio el encuentro más energía extra que el alimento. Lo repartí con Miguel mientras seguíamos bajando por San Bernardo.

Se llega a Gran Vía y desde allí a Callao y luego se enfila por Preciados hasta Sol. Seguíamos a tope de fuerzas, devorando kilómetros sin esfuerzo aparente. Las piernas seguían frescas… A pesar del sol. Ese tramo de Gran Vía, Callao, Sol y la calle Mayor es muy emocionante, ya que hay multitud de gente animando a los corredores sin cesar. Te llevan en volandas sin querer.

Calle Mayor, Bailén, Palacio de Oriente y calle Ferraz. Allí está situada la media maratón y un puesto de plátanos que se agradece enormemente. Todo alimento viene que ni pintado para llenar el depósito. Desgraciadamente, en esa subidita se quedó Paco, que quizás había ido algo más rápido de lo que le hubiese gustado. Una pena que se quedara descolgado.

Después de la media viene un terreno favorable hasta bajar al Puente de los Franceses y luego un terreno más o menos llano hasta Príncipe Pío. Por allí empezamos a ver las primeras víctimas del calor. Gente en la acera haciendo estiramientos debido a los tirones provocados por la pérdida se sales. Ya se empezaba también a ver gente que comenzaba a andar. Ya llevábamos dos horas de carrera y el calor hacía estragos.

Entramos en la Casa de Campo en el kilómetro 26 y los cuatro kilómetros de tránsito por este precioso parque madrileño es de lo más agradable, porque los árboles, abundantísimos, te protegían del sol. El número de corredores andando se incrementaba y los que habían pecado de salir más rápido de lo que debieran empezaban a bajar el ritmo. Empezamos a adelantar gente casi de continuo.

Salimos de la Casa de Campo por la rampa del metro de Lago y la gente estaba algo fría. Tuvimos que animar para que nos animaran. En esos momentos todavía las piernas iban bien, aunque empezaban a notarse los kilómetros. La bajada por la Avda. de Portugal se hace rápida. Viendo que muchos iban ya justos, empecé a animar a grito pelado. No sé si a los demás les servía, pero a mí me autoanimaba y seguíamos adelantando corredores. Empezamos a ver en la distancia el globo de 3h45 que nos había adelantado al principio de la carrera.

En el Puente de Segovia nos estaba esperando una buena amiga que se unió al grupo para animarnos y ayudarnos en lo que pudiera. Quedaban sólo once kilómetros, pero muchos de estos eran los más duros. Pasamos por el estadio Vicente Calderón, enfilamos Virgen del Puerto y llegamos a uno de los puntos más delicados de la carrera: la subida por la Calle Segovia. Esa subida es durísima y si vas bien o medio bien, se trata de ir esquivando corredores que van andando o subiendo muy lentamente. Miguel decía que nos fuéramos, que parecía que el gemelo se le iba a subir. Le comenté que yo llevaba también las piernas muy cansadas. Poco antes de la subida se nos unió al grupo un corredor italiano al que fui animando para que no se soltase de nuestra vera y anduvo muchos kilómetros junto a nosotros, pero al final se descolgó un poco.

Después de esta bonita cuesta se baja un poco por Ronda de Segovia. Allí estaban unos cuantos pradolongueros animando. Eso nos dio fuerza para afrontar otra bonita subida: el Paseo Imperial, que se corona en el punto kilómetrico 35. Una pequeña bajada por Doctor Vallejo-Nájera y ya, ahora sí, empezaba el festival. Y no el de la cerveza, sino el festival de las cuestas arriba.

Las piernas ya iban muy cargadas y la subida por el Paseo de las Acacias se me hizo muy larga. El empalme por Ronda de Atocha acabó de rematar las pocas fuerzas que me quedaban y lo único que nos animaba era ver que íbamos adelantando gente a manadas. Era un continuo esquivar gente. Unos que aflojaban el paso y otros que se cruzaban sin ninguna consideración. En la Glorieta de Atocha se cruzó una persona delante de Miguel. Este le soltó una fresca y oí a unos que estaban entre el público: déjale que se desahogue, que va muy cansado. Me sonó a aquella cita bíblica de Padre perdónalos porque no saben lo que hacen. Algo de razón no le faltaba al espectador.

En Atocha también recibimos buenos ánimos pradolongueros aunque yo no me enteré. Me había quedado descolgado unos metros de mis compañeros y me resultaba casi imposible alcanzarlos del mogollón de gente que había y del estrecho paso que habían dejado. En este punto ya estábamos en el kilómetro 37 y sólo quedaba una vuelta al parque.

La carrera sigue cuesta arriba, no se vayan a creer, y el tránsito por Paseo del Prado y Paseo de Recoletos se hace muy largo. Son sólo dos kilómetros, pero parece que son veinte. Menos mal que de nuevo Emilio II estaba por allí y nos dio ánimos al tiempo que nos hizo unas fotos. ¡Muchas gracias Emilio!

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El trío inseparable pasándolas canutas en el Paseo del Prado

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Con la amiga que nos acompañó y ayudó los últimos kilómetros

Excepto Joaquín, íbamos los dos ya con las piernas muy, muy cansadas. Yo las notaba como losas y Miguel seguía diciendo que se le iba a subir el gemelo. Se llega a Colón, se gira por Goya y comienza la última subida de la jornada por la calle Velázquez hasta Ortega y Gasset. Esa subida es tremenda, las fuerzas ya son nulas y lo único que te hace seguir es pensar que la cima de la subida está en el kilómetro 40 y que, por lo tanto, la carrera está casi acabada. Además el terreno es favorable hasta meta.

El año pasado iba con Miguel volando por esta zona de Ortega y Gasset y Príncipe de Vergara; sin embargo, este año conocimos la cruz de la moneda. Bajando por Príncipe de Vergara, poco antes del kilómetro 41, Miguel sufrió un tirón, pero no en el gemelo como llevaba diciendo desde tiempo atrás, sino en el isquio que se le puso duro como una piedra. Tuvo que pararse porque le resultaba imposible continuar. La amiga que nos acompañaba le hizo un masaje en la zona y parece que mejoró porque al rato comenzó de nuevo a correr. Joaquín y yo le estuvimos esperando y cuando llegó a nuestro lado conformamos de nuevo el trío que desde el comienzo de la carrera había permanecido junto. En ese rato, que sería poco más de un minuto, nos adelantó el globo de las 3h45 que nos había pisado los talones desde que lo adelantamos tres o cuatro kilómetros antes.

Viendo que podía seguir corriendo con más o menos molestias, nos presentamos en la puerta del Retiro. Ya estábamos en ese último kilómetro de gloria y fuimos disfrutando de ese emocionante tránsito por el parque. Fue un momento maravilloso sentir todos juntos esa enorme emoción durante esos últimos metros después de haber disfrutado y sufrido durante 42 kilómetros esta carrera tan particular que es la maratón. Iba mirando a mis compañeros de carrera y a esa buena amiga que nos había acompañado los últimos kilómetros y las lágrimas se me venían a los ojos. Me costaba contener la emoción.

Cruzamos la meta los cuatro agarrados de la mano cuando el reloj marcaba 3h45 y pico, aunque el tiempo era lo de menos. El placer de correr durante ese tiempo acompañado de Joaquín y Miguel es lo verdaderamente importante. No lo cambiaría ni por hacer mi mejor marca.

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Tan contentos ya con nuestras medallas

Cuando escribo estas línea me noto muy cansado, con mucho sueño, pero no tengo las piernas demasiado mal. Subo y bajo escaleras sin problemas y sólo noto ligeras agujetas. Así que no me puedo quejar.

Siento que Paco no pudiera seguir nuestro ritmo, pero quizás lo mejor para él fue continuar el ritmo que mejor le iba. Lo siento Paco.

XXXVIII Maratón de Madrid

Hoy he participado en la XXXVIII edición de la maratón de Madrid de la forma más inesperada y sorprendente.

No tenía ninguna intención de correr esta prueba, ya que no había entrenado para ello. Corrí el 15 de marzo la media de Villarrobledo, estuve parado veinte días y el 3 de abril comencé a entrenar, pero sin tener en mente la maratón. De hecho, la tirada más larga la hice el sábado 18, que fueron 15 km y me pareció una distancia demasiado larga, acabé bastante cansado

Jesús un compañero pradolonguero debutaba este año en la distancia de Filípides, así que varios del equipo decidimos acompañarle. Unos iban a hacer la maratón entera junto a él, yo pensaba salir con él y hacer sólo diez o doce kilómetros al principio y otros tantos al final. Una amiga también había decidido ir con él desde el kilómetro 27 hasta el final. La idea era ir arropando al debutante de principio a fin. Joaquín y Miguel, también compañeros pradolongueros, se habían propuesto acompañar durante toda la carrera al debutante.

Ya estaba preparado para madrugar el domingo y salir con ellos; sin embargo, el sábado por la noche recibí un mensaje de un amigo donde me decía que si quería un dorsal me pasaba el de su hermano que no iba a participar. Pensé que no sería mala idea ir con dorsal así no tendría problemas para entrar en los cajones de salida y coger botellas de agua de los puestos. Se trataba de aguantar los kilómetros que pudiese, al menos hasta el kilómetro 27 donde esperaba una amiga. Llegar hasta ahí ya me parecía un distancia más que considerable.

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¿Quieres un dorsal?

Madrugué, aunque algo menos que otras veces y a las 7:20 estaba en el punto de encuentro fijado con los compañeros pradolongueros a los que iba a acompañar. Llegamos pronto a Atocha, aparcamos el coche y nos dirigimos al guardarropa a dejar nuestras pertenencias. Antes nos hicimos una foto con nuestras flamantes, nuevas y llamativas sudaderas.

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Con nuestras nuevas equipaciones

Nos dio tiempo atravesar tranquilamente el Parque del Retiro y llegar a la terraza del Ritz para ver a los compañeros maratidianos y al grupo de Indrarunners. Miguel comentaba que resulta agradable este paseo desde el guardarropa hasta la salida. Quizás tenga razón.

Junto a la terraza del Ritz estuvimos saludando a unos y a otros. Como siempre, después de los saludos pertinentes nos hicimos una foto poco antes de salir.

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Poco antes de empezar la carrera

Cuando faltaba un cuarto de hora nos metimos en el redil y estuvimos esperando al pistoletazo de salida. Por allí cerca andaba Isidoro, que no parecía muy animado. Eso sí, iba bien pertrechado con un impermeable pues se esperaba un día lluvioso y no le faltaba razón, ya estábamos viendo como caía, pero era una fina lluvia muy agradable.

Después de la espera, que se nos hizo algo larga, dieron la salida y fuimos caminando hacia el arco. Tardamos seis minutos en pasar por la alfombra y al pasar por ese punto empezó para nosotros la carrera, donde los cuatro compañeros, más otro compañero que se nos había unido, marchamos tranquilamente tratando de que nuestro novato no se acelerara. Hicimos el primer kilómetro a casi seis minutos y luego aumentamos un poquito el ritmo, siempre por encima de cinco y medio para tratar de gastar las menos fuerzas posible. Jesús se lo tomó con mucha prudencia, porque siempre iba al fondo, alzando la mano cuando yo miraba hacia atrás para ver si venía. Joaquín no se despegaba de él. Estaba cumpliendo su palabra

Esa armonía se rompió en el primer avituallamiento, en el kilómetro cinco. Allí al tratar de coger cada cual su botella de agua nos dispersamos y cuando me quise dar cuenta sólo estaba a mi lado Paco, el compañero maratidiano. Aflojamos el ritmo con la esperanza de volver a agruparnos, pero por más que miraba hacia atrás no era capaz de ver la mano de Jesús. Así, a un ritmo fácil, aunque en Bravo Murillo se nos iban las piernas, fueron pasando los kilómetros y ninguno de los compañeros del parque venía.

Sobre el kilómetro doce escucho que me llaman, vuelvo la cabeza y veo que viene Miguel, uno de los compañeros del quinteto inicial, que también había perdido comba con ellos y venía entre dos aguas. Formamos un trío que marchaba a ritmo tranquilo con la esperanza que nos alcanzaran los otros dos, pero no se los veía por ningún sitio.

La lluvia seguía cayendo de vez en cuando y la sensación era agradable porque refrescaba la temperatura corporal y caía suavemente. Era impresionante pasar por determinadas zonas y atravesar estrechos pasillos de gente que animaba sin cesar. El público se merece un diez por estar en la calle animando con un día tan desapacible. El paso por Gran Vía, Preciados, Puerta del Sol y calle Mayor fue espectacular por la animación. La gente ponía alas en los pies de los corredores. Casi sin darnos cuenta nos estábamos acercando al kilómetro veinte y sorprendentemente para mí llevaba las piernas casi bien. En el kilómetro veinte, en el avituallamiento, había plátanos. Todo un acierto de la organización.

Al final de la calle Mayor Paco decidió que ya había corrido bastante. Estaba preparando la maratón de Vitoria, que se va a celebrar en dos semanas y no quería alargar el entrenamiento más de la cuenta. Nos quedamos en cabeza sólo dos ya con pocas esperanzas de que nos dieran caza los otros dos, aunque no sabíamos cuanto de detrás iban.

Pasamos por la media en 1h55 y seguimos a nuestro ritmo un poco por encima de 5:15. Llevábamos unos kilómetros con necesidad de hacer aguas menores y pensamos que en el Paseo de Camoens podía ser un buen sitio, ya que es cuesta abajo y se puede recuperar un poco el ritmo al ser favorable. Así hicimos, paramos en ese punto y aliviamos nuestras vejigas mientras por el rabillo del ojo vigilábamos el paso de los participantes por si pasaban nuestros compis.

Nada, ni aún con la parada técnica nos dieron alcance. Ya lo dábamos casi por imposible. Bajamos hacia el Puente de los Franceses y en esa bajada el cronómetro marcó un par de segundos por debajo de cinco. Era el kilómetro 24 y seguía más o menos bien. Le comenté a mi compañero de aventuras que ni sentía ni padecía, que iba en una especie de trance. Bien es verdad que en el tramo desde la media maratón hasta más o menos el kilómetro treinta se me hicieron los kilómetros muy largos y eso me daba que pensar si sería capaz de mantener el ritmo que llevaba. Tenía claro que pasado el treinta iba a tener que ponerme a andar algún tramo que otro, porque ya me veía en meta de una manera u otra.

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En plena carrera, bien acompañado por Miguel

La entrada de la Casa de Campo, por el Paseo del Embarcadero es dura, todo el rato picando hacia arriba y con la guinda final de la subida al lago. Lo bueno es que nos dieron un gel a la entrada de este bonito parque y parece que me sentó bien. Además, sabía que en Lago, en el kilómetro 27, estaba nuestra amiga y eso me animó sobremanera. Allí estaba la campeona esperando bajo la lluvia y se nos unió en ese momento, por lo que la pareja cabecera se convirtió en trío y con su ayuda y sus ánimos nos enfrentamos al último tercio de carrera, donde empieza la carrera de verdad según dicen los expertos. Yo no soy de esa opinión, creo que carrera empieza en el kilómetro cero, que todo suma.

Este año, al igual que el pasado, el tránsito por la CdC es más breve que en años anteriores. En tiempos pretéritos el recorrido por este parque era considerable y aunque es un recorrido muy agradable siempre pecaba de escasa animación. De todos modos, la salida se hace por donde está la boca de metro de Lago donde hay una subida muy pronunciada y además este año el agua corría a raudales en esa zona. Para nuestra suerte, había un segundo puesto con plátanos. Cogí uno, lo pelé y lo engullí sin pensármelo dos veces. El alimento me dio alas, porque empecé a aumentar el ritmo casi sin darme cuenta. Si antes marchaba por encima de 5:15 ahora hacía kilómetros a ritmos cercanos a los cinco minutos. Estaba asombrado, tenía las piernas cansadas, pero el ritmo no flaqueaba.

Llegamos al Paseo de la Virgen del Puerto y la lluvia iba arreciando. La calle estaba llena de charcos y yo y otro muchos íbamos haciendo malabares para tratar de no mojarnos demasiado las zapatillas. Miguel decidió que ya estaba bien de tonterías y a partir de ese momento empezó a meterse por todos los charcos que encontraba. Iba más contento que un niño con katiuskas. En esos momentos vi que se alejaba al no tener que luchar con la marabunta y pensé que ya no volvería a verlo hasta la meta.

No fue así, subiendo la Calle Segovia, entre la pendiente, la cantidad de gente que había y sobre todo su deseo de esperarme, volví a ponerme a su altura. La cantidad de gente que fuimos pasando desde la media maratón era indescriptible, cada metro que avanzábamos dejábamos atrás a bastantes corredores. La verdad es que motiva bastante ir adelantando gente. Viendo los resultados después vimos que adelantamos a casi dos mil corredores en la segunda parte de la maratón.

Se sube el Paseo Imperial se llega a la Plaza de Ortega y Munilla y comienza una larguísima recta que acaba en Atocha. Empecé a darme cuenta que iba mejor si alargaba la zancada y aumentaba un poco el ritmo, así que eso fue lo que hice a partir de ese momento. Imaginaba que ese mayor gasto energético iba a suponer que tuviera que ponerme a andar en algún momento, pero mientras tanto, metros que iba acercándome a meta.

En Atocha el gentío era exagerado, la animación brutal y la meta más cerca. Sólo cinco kilómetros y aunque piensas en ediciones anteriores que la meta estaba más cerca todavía, la gente de nuevo hacer mucho más llevadero el esfuerzo.

Me sentía como en una nube, las piernas estaban cansadas y dolían, sobre todo los cuádriceps y el abductor izquierdo, pero era capaz de ir a buen ritmo aún en ese estado. Desde Atocha hasta Colón casi ni me di cuenta. Allí alcancé a Alfonso al que traté de animar, pero vi que no iba muy católico y enseguida se quedó atrás. Giramos en Goya y escuché a uno que decía que esa era la última cuesta. Nos mintió descaradamente, la calle Velázquez se me hizo durísima, tanto como la cuesta de Alfonso XII de anteriores ediciones, pero sabía que si conseguía sortear este obstáculo ya estaba la cosa casi hecha. Pero costó lo suyo, fue el peor momento por el que pasé.

En esa subida alcancé a Pedro que iba acompañando a un amigo y con bastantes molestias en los glúteos. Traté de darle ánimos, pero no aflojé el ritmo porque sabía que como lo hiciese no iba a ser capaz de volver a ir como iba. Una vez coronada la ahora sí última cuesta, se llega a Ortega y Gasset y mi compañero ya con ganas de llegar a meta aumentó el ritmo considerablemente. Pasamos la Plaza Marqués de Salamanca, embocamos Príncipe de Vergara y me asombré cuando miré el reloj y vi que íbamos a ritmos cercanos a 4:40. No me lo podía creer, los últimos kilómetros de la carrera y los más rápidos.

Llegamos al Retiro a toda pastilla y mi compañero, sacando el niño que lleva dentro, se puso a dar saltos en un enorme charco que había en el umbral de la puerta. Ya estaba la cosa hecha, sólo quedaba hacer el último esfuerzo, bueno, ni esfuerzo siquiera, las piernas ya van solas en ese último kilómetro de gloria.

Cruzamos la meta hermanados la amiga acompañante, mi compañero Miguel y un servidor más contentos los tres que unas castañuelas. El cronómetro marcaba 3:53:07, pero el tiempo neto, quitando los casi seis minutos de la salida es de 3:47:08. Un tiempo que ni aún ahora, cuando escribo estas líneas, me puedo creer. Como curiosidad, decir que ha sido la primera vez que consigo hacer la segunda parte más rápida que la primera: 1:55:25 en la primera media y 1:51:43 en la segunda, como los maratonianos de verdad.

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Tiempos de paso

Al llegar a meta la lluvia golpeaba con fuerza. Menos mal que nos dieron una capa de plástico que algo protegía porque tenía que esperar al compañero debutante y a su acompañante, ya que había dejado mi ropa en su bolsa. Estuvimos esperando bajo la lluvia y poco después llegaron los dos también muy contentos. Uno por haber acabado su primera maratón con muy buenas sensaciones y el otro por haberle acompañado y de esta forma, haber ayudado a la consecución de su objetivo.

Recogimos la ropa y nos metimos en una de las tiendas de campaña que habían servido de guardarropa para los de la media. Menos mal que pudimos cambiarnos a cubierto porque llovía de lo lindo en esos momentos. Poco después, camino de Atocha a buscar el coche las nubes nos dieron una pequeña tregua y conseguimos no mojarnos en exceso nuestra ropa seca.

Esta ha sido mi vigésimo quinta maratón y la más inesperada. Muchas gracias a Joaquín por dejarme el dorsal. A Jesús, el debutante, por su entusiasmo que nos contagió a todos. A Miguel por dignarse acompañarme durante casi toda la carrera, pudiendo ir a un ritmo mucho más rápido y a una buena amiga por acompañarnos los últimos quince kilómetros. Pero sobre todo, a todos los compañeros del Parque de Pradolongo que semana a semana motivan los unos a los otros a seguir entrenando este bonito deporte.

El año pasado decía que era mi última maratón. Ahora ya no sé donde está el límite 😉

XXX Maratón de Sevilla

He tenido ocasión de participar por primera vez en esta maratón, que celebraba ya su XXX edición. La carrera está muy bien organizada y merece la pena participar, sobre todo si se desea hacer marca ya que el recorrido es muy llano. Aunque ese perfil puede convertirse en algo monótono. Creo que prefiero algo más de variedad.

Como suele ocurrir en todas las maratones, si has entrenado en condiciones climatológicas adversas, el día de la maratón es soleado. Ha sido sin duda el día que más calor he pasado desde el mes de octubre y tenía que ser hoy. Pero es lo que hay y es un factor que siempre hay que tener en cuenta.

Llegamos el sábado a Sevilla a bordo del AVE, que se retrasó media hora, gracias a lo cual Renfe ha tenido la deferencia de “invitarnos” al trayecto 😉 Tuvimos la fortuna de que un compañero ¡gracias Paco! que había llegado el viernes se ofreciera a recogernos los dorsales. Eso nos facilitó tener tiempo para hacer turismo por la ciudad. Me encantó el Real Alcázar, una verdadera maravilla del arte islámico y otros estilos posteriores. Después de comer visitamos la catedral y la Giralda, que también son dos sitios dignos de ver, aunque subir las treinta y cinco rampas de la Giralda suponen un ejercicio castigador para los gemelos.

Después de una opípara cena nos fuimos a la cama con las piernas algo cansadas, pero dispuestos a dormir lo más posible para recuperarnos de la jornada turística.

A las seis de la mañana sonó el despertador. Nos vestimos con la indumentaria adecuada y bajamos a desayunar. El hotel, concertado con la organización, había abierto el comedor a las seis para permitir a los clientes maratonianos poder desayunar con tiempo.

A las siete y media habíamos quedado con Paco cerca del puente de la Barqueta donde cogimos el autobús C2 que nos llevó hasta las inmediaciones del estadio de la Cartuja. Después de un paseo hasta la puerta N que está al otro lado del estadio dejamos la ropa en el guardarropa perfectamente organizado (ya podían aprender los de Mapoma) y mientras estábamos refugiados dentro del estadio, ya que hacía bastante fresco a esas horas, nos encontramos con Pedro, otro compañero que se había desplazado hasta allí. Nos hicimos unas fotos y después nos fuimos hacia la línea de salida que distaba un kilómetro desde el guardarropa.

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Antes de la salida

Formamos un terceto con mi compañera de entrenamientos de estos últimos meses y Paco con la idea de acercarnos a las tres horas y cuarenta y cinco minutos. Y un cuarto de hora antes de la salida ya estábamos en nuestro cajón esperando el momento de salir. Ya se notaba que iba a hacer calor, aunque todavía hiciese algo de fresco.

A las nueve dieron la salida y tardamos casi dos minutos en atravesar la línea de salida, dado que había bastante gente, eso también provocó que el primer kilómetro fuese algo lento, pero rápidamente fuimos alcanzando el ritmo de crucero de 5:18 min/km, que era el inicialmente previsto.

Mi compañera de entrenamientos, que había estado entrenando muy seriamente para esta carrera, sufrió una lesión en la rodilla el domingo pasado y aunque se ha pasado toda la semana sin correr y a base de hielo e Ibuprufeno, sobre el kilómetro tres empezó a notar las molestias en la rodilla, pero no dijo nada para no alarmarnos. Los kilómetros pasaban con rapidez y sobre el km 18 llegamos a Avda. Kansas City que es una laaaaaarga recta de casi 2 km donde pegaba el viento frontal. Ahí empezó Paco a quedarse y me di cuenta que la compañera empezaba a flaquear, su rodilla empeoraba.

Pasamos poco después por la media maratón en el tiempo previsto 1h52 pero ya me daba cuenta que el objetivo era irrealizable. En el 25 mi compañera de entrenos ya no pudo más y comenzó con el método Galloway, andando en los avituallamientos y corriendo después. El problema es que la costaba mucho arrancar por la rodilla. Gracias a que los puestos de agua estaban cada 2,5 km le servía de acicate pensar que pocos kilómetros después podía volver a parar y recuperar un poco.

Poco después de pasar por la Plaza de España, sobre el kilómetro 35, nos alcanzó Paco que se había recuperado de su bajón inicial y volvimos a conformar el terceto primario. Cruzamos el puente de la Barqueta, nos adentramos en la isla de la Cartuja, donde empezaba una de las zonas menos simpáticas de la carrera, ya que se ve el estadio ahí mismo y hay que dar una bonita vuelta para acceder a él. Menos mal que en el kilómetro 38 nos encontró Macu y sus ánimos nos dieron fuerza para continuar. Además nos hizo unas bonitas fotos.

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En el kilómetro 38 ¡directos a la meta! foto cortesía de Macu

Con ese empujón de motivación seguimos a nuestro ritmo hasta casi el final, donde a falta de 500 metros alcanzamos a Pedro que iba sufriendo por sus ahogos en cuanto aumentaban sus pulsaciones. Le animé para que entráramos los cuatro juntos y así lo hicimos, llegando a meta cuando el reloj marcaba 3h59 y logrando entrar todos en formación. Mi tiempo neto final fue de 3:57:28 que coincidirá segundo arriba, segundo abajo con los compañeros del terceto.
En resumen, una maratón más, la vigésima cuarta, y una experiencia distinta a todas las maratones anteriores. Es lo que tiene esta distancia que nunca hay dos iguales y en cada una se aprende algo. Esta vez fue muy emocionante correr junto a mi compañera y verla portarse como una campeona sobreponiéndose a sus dificultades físicas, demostrando que lo importante de la maratón es “sobrevivir” a las trabas que te pone la carrera y conseguir vencerla. Y lo hizo, claro que lo hizo.

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Nada más cruzar la línea de meta, súper felices

La organización me pareció muy buena, rayando el diez. El guardarropa, genial; los voluntarios fantásticos y el recorrido muy bueno para hacer marca, aunque para mi gusto un poco aburrido porque todo tan llano acaba siendo muy monótono. El único pero es que a partir del kilómetro quince ¡no había botellas de agua en los puestos de avituallamiento, sólo vasos! Así que me hice con una botella en el kilómetro cinco y fui con ella hasta el final, rellenándola en cada puesto de avituallamiento. Otro punto que pudiera ser negativo es la zona de salida/meta que queda algo lejos del centro de la ciudad, tema que la organización trató de paliar poniendo autobuses lanzaderas que te acercaban hasta allí.

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Posando con el Guadalquivir al fondo, después de terminar

XXXVI Maratón de Madrid

Ayer participé en la maratón de Madrid una vez más. Creo que la organización ha fallado estrepitosamente en muchos aspectos, pero no quiero empañar un feliz día por esos nimios detalles de los que hablaré en otra entrada.

A lo que íbamos. Un grupo de pradolongueros habíamos quedado a las siete y cuarto con Emilio para acercarnos todos en su coche al lugar de salida. Llegamos unos minutos tarde -perdona Emilio- y ya estaban allí tanto el conductor como Miguel, pero poco después de las siete y media ya estábamos aparcando cerca de Cibeles.

Llegamos, buscamos los servicios y nos acercamos al guardarropa para ver si nos podían adelantar la pegatina que pegar a la bolsa que había que utilizar para dejar la ropa. Nada, no hubo posibilidad, había que esperar a dejar la bolsa para que pusiesen ellos la pegatina en la bolsa y en el dorsal. En esos momentos faltaba más de una hora y no era cuestión de estar en camiseta de hombreras hasta el comienzo de la prueba porque la temperatura era bastante fresca.

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Grupo de pradolongueros

A las ocho en punto habíamos quedado con los compañeros de MaraTID en el Palacio de Linares y la verdad es que fuimos puntuales… casi todos. Siempre hay algún rezagado, pero el grueso de la tropa estaba allí. Nos hicimos la foto de equipo, hablamos de la táctica a seguir, nos vestimos de romano y nos dirigimos hacia el guardarropa.

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Grupo de maratidianos

Eran las ocho y cuarto y había una cola brutal en el guardarropa. Si el año pasado fue un desastre porque tuvimos que darnos una caminata de dos kilómetros, este año la volvieron a cagar. Así que estuvimos 25 minutos en la cola para dejar la ropa. Un chaval que había venido de Detroit me preguntaba con cara de incredulidad si todos los años era así. A las 8:50 conseguimos dejar la ropa y tratamos de buscar nuestro sitio en el cajón. Nos había correspondido el tercero, pero fue imposible pasar del quinto, así que tuvimos que resignarnos y a salimos desde allí. El numeroso grupo de compañeros que se había apuntado a las 3h50 se quedó reducido a un terceto, ya que fue imposible localizar al resto de personas.

Esto hizo que saliéramos solamente tres. Fue una salida bastante lenta debida a la masificación y la manía de juntar maratón, media y diez mil ¡y eso que se sale ocupando todos los carriles de La Castellana! pero pasado el primer kilómetro ya sólo se ocupa medio paseo y comienzan las apreturas.

Los primeros kilómetros se pasaron tratando de buscar nuestro sitio y nuestro ritmo. Cuando llevábamos ya unos cuantos kilómetros, cerca de diez, la componente femenina del terceto decía que parecía un entrenamiento, tal era la facilidad con la que iba. En esos momentos la parte masculina del grupo iba bien todavía.

En la calle Fuencarral, cuando se separan los caminos de la maratón y la media nos esperaban mi madre y mi hermana que nos dieron muchos ánimos y un par de plátanos para alimentarnos, que luego la carrera se hace muy larga y viene bien llevarse algo a la boca. La organización ofrece un gel en el kilómetro 27,5 pero hasta llegar allí, mejor haberse llevado algo al gaznate.

Poco antes de la media maratón, llegando al Palacio Real, empecé a notar los cuádriceps cargados. Empezó a preocuparme un poco, pero pensaba que yendo a un ritmo más tranquilo de lo que pudiera haber ido, llegaría sin problemas. Optimista que es uno.

Pasamos la media en 1h51, un minutillo menos de lo previsto. Las cosas marchaban más que bien. Además, pocos metros después me encontré al gran Charly, que iba a completar su 70º maratón. Iba como siempre, tan optimista y a su ritmo.

Poco después en el Paseo de Camoens, ya no podía aguantar más y al ver unos urinarios portátiles nos acercamos a aliviarnos la parte masculina del grupo. A nadie se le había ocurrido venir a quitar el precinto de los urinarios, ¿alguien ha visto algo semejante? Así que tuvimos que hacerlo en la parte de atrás.

No fue buena idea parar ahí, porque hay una buena bajada hasta el Puente de los Franceses donde nuestra compañera aprovechó su buen bajar y nos sacó bastante tiempo. Tanta distancia nos había sacado que tuvimos que acelerar de lo lindo para poder alcanzarla. Ahí nos dimos un buen calentón, que mis doloridas piernas lo notaron ¡y de qué manera!

Entramos en la Casa de Campo y el terreno es ascendente hasta el kilómetro 29 donde lo subido hay que bajarlo. Ahí parece que mis compañeros flojearon un poco, pero el grupo no se deshizo del todo. Empecé a preocuparme pensando si los últimos kilómetros se nos iban a hacer largos.

Salimos de la Casa de Campo por esa bonita rampa cercana al metro de Lago y bajamos por la Avda. de Portugal hasta Marqués de Monistrol donde hay una cuestecita que se las trae. Alguien había tenido la brillante idea de poner a toda pastilla el Highway to hell de AC/DC y eso nos dio alas para superar ese escollo. Nada más coronar, en el Puente de Segovia, encontramos a personas muy allegadas que consiguieron emocionar a nuestra compañera de carrera, eso la motivó mucho más, tanto que tuve que decirla que aflojara el ritmo, porque le dio un subidón tremendo.

Cerca del centro comercial de la Ermita del Santo adelantamos a un compañero maratidiano al que vimos muy bien acompañado. Le vi bien, con buena cara y a buen ritmo. Estuve un rato hablando con ellos y de nuevo tuve que acelerar para no perder a mis compañeros. Mis piernas ya iban bastante castigadas y todavía quedaban ocho kilómetros.

Volvimos de nuevo al Puente de Segovia, al otro lado, de nuevo los ánimos familiares nos llevaron en volandas por la cuesta de la calle Segovia. En la siguiente subida, el Paseo Imperial, nos esperaba un compañero que este año no participaba y que hizo con nosotros casi toda la subida dándonos ánimos. El compañero volvió a quedarse unos metros y pensaba que se nos perdía, pero afortunadamente no fue así y pronto volvimos a conformar el terceto. Seguro que lo hizo para no salir en la bonita foto que nos hizo Sebastián Navarrete.

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En el kilómetro 36, foto cortesía de Sebastián Navarrete

En Embajadores, sobre el kilómetro 38 yo ya iba fatal, los cuádriceps eran como piedras, el gemelo derecho molestaba de lo lindo y los abductores también se quejaban; sin embargo no podía flaquear tan cerca de meta y a base de sufrimiento sólo perdía unos metros con la avanzadilla del grupo. En esta zona nos encontramos con Pepe y Esteban, dos compañeros pradolongueros que nos animaron lo suyo y además nos “inmortalizaron”. Obsérvese en la foto que lo único que me preocupaba era tirar hacia delante, mientras que mi compañera todavía tenía tiempo y ganas de hacer otras cosas.

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En el kilómetro 38, foto cortesía de Esteban

En Atocha adelantamos a otro compañero maratidiano que iba algo peor que nosotros, pero no demasiado mal, aunque por desgracia no pudo acoplarse a nuestro ritmo. Poco después, en la cuesta de Alfonso XII, perdí el rebufo de mis acompañantes. Mi compañero lo había estado pasando mal en casi todas las subidas, pero se recuperó milagrosamente porque los últimos kilómetros los hizo de fábula. La recta hasta la Puerta de Alcalá y la subida hasta la entrada de El Retiro me costó muchísimo, veía que los perdía metro a metro y que no iba a ser capaz alcanzarlos.

Pensaba que en el tramo favorable que hay después de entrar en El Retiro podía llegar a su vera, pero no fue así. Me di cuenta de que como no aflojasen me iba a resultar imposible así que tuve que darlos unas cuantas voces para que me esperaran y poder entrar los tres juntos en meta después de tantos kilómetros juntos.

Como buenos compañeros de viaje me esperaron e hicimos esos quinientos metros juntos, llegando a la meta en paralelo, justo cuando cambiaba el reloj de minuto, pasando de 3h55 a 3h56; sin embargo descontando el tiempo que tardamos en pasar la línea de salida, se queda en un tiempo neto de 3:48:55, mejorando en un minuto el objetivo marcado.

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Llegando a meta, ¡bailando la jota!

Nuestra compañera de aventuras llegó contentísima y emocionada a la vez ya que no sólo había hecho un gran tiempo, sino que las sensaciones fueron inmejorables, ya que no sufrió en ningún momento la dureza del recorrido y de los kilómetros. Antes de comenzar me había dicho que ni en broma iba a hacer más maratones, pero parece que después de esta experiencia se lo está pensando…

En definitiva, una maratón más ¡ya hacen veintitres! y muy contento por haber podido correr en compañía durante casi cuatro horas. Es la primera vez que empezamos y acabamos sin que el grupo acabe rompiéndose.

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¡Que sí, qué son de verdad!

No sé si ésta habrá sido mi última maratón, todo dependerá de la lesión que tengo en la rodilla para que sume una más o esta fiesta se haya acabado para mí.

XXXII Maratón de Valencia

Hoy he participado por primera vez en la maratón de Valencia. Este ha hecho el número veintidós en mi lista y sexto fuera de Madrid.

Después del fiasco de Nueva York y en plena crisis de identidad corredora, decidí apuntarme a esta maratón para quitarme la espina. Sabía que no llegaba en buenas condiciones después de tantas semanas de “deskilometraje”, pero había que intentarlo.

Salimos con unos compañeros maratidianos el sábado por la mañana y a eso de la una de la tarde estábamos retirando el dorsal. Allí pudimos saludar al quinto maratidiano en discordia, valenciano él, que se había acercado desde Barcelona. Nos hicimos una foto después de recoger el dorsal por si acaso…

Cinco valientes maratidianos
Cinco valientes maratidianos

Carlos decidió comer en casita, pero nosotros habíamos pensado comer allí. Buscando la comida de la pasta arroz nos encontramos con Miguel, compañero habitual de Pradolongo.

Las previsiones del tiempo eran horrorosas, prácticamente sábado y domingo lloviendo, pero estuvimos por la tarde haciendo turismo por Valencia y no cayó ni una gota; sin embargo, durante la cena empezó el festival de lluvia y gran aparato de rayos y truenos. Caía tal cantidad de agua que se nos ocurrió pedir la dueño del restaurante unas bolsas de basura “king size” para mojarnos lo menos posible en la línea de salida.

No me enteré de nada, pero según cuentan, durante toda la noche no paró de llover, pero cuando me desperté a eso de las cinco no caía ni una gota y la temperatura era agradable. Desayunamos con tranquilidad y salimos con prontitud para tratar de aparcar el coche no muy lejos de la salida/llegada. Y lo conseguimos. El guardarropa funcionaba a la perfección y dejamos los trastos en cuestión de segundos. Estuvimos esperando al compañero, pero se retrasó y no pudo salir en la foto. Una verdadera lástima. Aunque sí vimos a Miguel, por lo que éste sí apareció en la foto, como bien puede verse.

Antes de tomar la salida
Antes de tomar la salida

La salida estaba organizada por cajones y creo que salvo raras excepciones, cada uno se colocó en su cajón. Durante la espera, viendo que no venía la lluvia, ni que la temperatura era baja, nos deshicimos de nuestras bolsas de basura. Ocurrieron dos graciosas anécdotas dignas de constatar. La primera fue que Miguel se equivocó al hacer la inscripción y puso que había nacido en 1924 y aunque lo corrigió el día anterior al recoger el dorsal, alguien no debió enterarse y dijeron por megafonía que hoy corría un individuo de 88 años. La segunda anécdota fue originada por la afición desmedida de los valencianos a los petardos. Segundos antes del disparo oficial, pusieron una traca y los primeros del pelotón salieron como almas que lleva el diablo. Tuvieron que detener la carrera y hacer que el pelotón de 9000 personas caminara hacia atrás para dejar sitio a los escapados. La salida fue nula. Ignoro si ha habido muchas salidas nulas en una maratón, pero resulta raro.

Debido al incidente, después de retrasarnos un poco, estuvimos bastantes minutos esperando hasta que se dio la salida oficial. Sonó el pistoletazo y nos lanzamos por las calles valencianas con el ánimo intacto, soñando en nuestro fuero interno con la gloria en nos esperaba junto al Hemisfèric.

Se hace difícil coger el ritmo, ya que el pelotón era grande, las calles no son muy anchas y los charcos que había estrechaban en algunas zonas aún más, por lo que había que zigzaguear si quería mantenerse el ritmo. Tanto Chema, como Miguel como yo, nos íbamos mirando de reojo para no perder los unos la estela de los otros.

La idea era mantener un ritmo sostenido aproximado de 4:30, segundo arriba, segundo abajo. A Chema le parecía muy rápido, pero iba con mucha soltura. A Miguel se le veía francamente bien, por lo que no nos extrañó que en el km 7 decidiera irse. Al poco le vimos un poco por delante del pelotón de las 3h15. Y así nos mantuvimos un montón de kilómetro: el por delante del cartel de 3h15 y nosotros por detrás, sin acercarnos demasiado al pelotón y sin agobiarnos, ya que llevaban un ritmo un tanto irregular.

En el kilómetro 20 daban un gel. En la maratón de Madrid lo cogí y me fue bastante bien, así que aquí hice lo mismo, un poco agobiado porque parecía que se acababan, pero al final conseguí dos, uno de los cuales se lo pasé a otro corredor que se había quedado sin ninguno. El imprescindible tener agua para beber después de meterse el gel en la boca, porque en caso contrario se forma una pasta imposible de tragar.

El paso por la media maratón lo hicimos en menos de 1h37 según nuestro reloj. Echamos de menos un relojito con el tiempo de carrera, pero es lo que había. Esta es la más desapacible con diferencia de toda la carreras. Se trata de un largo bulevar que hay que hacerlo de ida y vuelta. Allí volvimos a ver a Miguel que nos sacaba ahora sí una distancia interesante. La única distracción que había por allí era unos altavoces que escupían a todo volumen la música de la película Carros de Fuego. Además el tráfico estaba abierto por esa zona y era todavía más desagradable. Podrían pensar en suprimir este tramo. A mí, desde luego, no me gustó nada. Para colmo, en la subida del bulevar empecé a notar que las piernas no iban muy finas.

Junto a Chema, por las calles de Valencia
Junto a Chema, por las calles de Valencia

La temperatura en la salida y en estos primeros kilómetros era muy buena, rondando los 17º, pero las nubes se iban abriendo, el sol iba apretando y la temperatura subía según pasaban los kilómetros. Eso iba a ser un hándicap añadido.

Sobre el 26 y 27 hay un par de túneles subterráneos bastante largos. Es prácticamente la única cuesta de todo el recorrido. Para animar esa parte, la organización puso un montón de altavoces con una música ratonera que Chema identificó como la canción de Safri Duo Bongo Song. A Chema esa música le puso las pilas, pero a mí no me gustó nada. Espoleado por este ritmo de tambores, bajando el túnel, aprovechó su gran zancada y se me fue yendo, pero tampoco me preocupé porque aunque notaba las piernas cansadas todavía me veía con fuerzas.

Poco después de salir de los túneles pude volver a ponerme a la altura de Chema y algo después llegamos al km 30 donde la organización nos obsequió con otro gel. De nuevo eché mano a la comida como si del bálsamo de Fierabrás se tratase, pero lo que necesitaba era otras piernas, no un engrudo azucarado.

En el km 33 nos estaba esperando una amiga con plátanos por si hacía falta más energía. Andaba un poco despistado porque el GPS se había vuelto un poco loco al pasar por los túneles y pensé que el kilómetro 33 era el 34, así que cuando llegué al 35 me llevé una terrible desilusión. Fue en ese kilómetro 33 cuando me vine abajo. Chema siguió a su ritmo y yo aflojé. Las piernas estaban cansadas y el estómago me dolía. Llegó el temible muro y no fui capaz de sortearlo.

A partir de entonces, los kilómetros que engullía a ritmos cercanos a 4:30 se fueron alargando y alargando cada vez más, llegando a realizar algunos a más de 6:00 y viendo como me adelantaban manadas y manadas de corredores. Sólo aquellos que se ponían a andar podía adelantarlos.

Mi amiga me acompañó en estos últimos kilómetros y me animó lo suyo, pero cuando no se tienen piernas, no se puede hacer más, sólo sufrir y sufrir y tratar de llegar a la meta con la dignidad intacta como diría el bueno de Juan Ignacio. Gracias a que ella me acompañó, porque en caso contrario me hubiese derrumbado por completo.

En este tramo final, la carrera transcurre por el barrio de El Cabañal, algo desértico de gente y con el sol apretando ya con ganas. No sé la temperatura, pero estoy convencido de que los termómetros sobrepasaban los 20º y eso mezclado con la humedad y el cansancio, forman un cóctel terrible para el corredor. Por esta zona había algunos grupos aporreando tambores y curiosamente al contrario que en los túneles, esta vez la percusión me animó. Me pareció muy simpático el grupo de personas disfrazadas de vaca. Choqué sus manos para tratar de salir un poco de la rutina de poner un pie delante del otro.

Cuando faltan tres kilometrillos ya se ve el Hemisfèric y uno se anima pensando en el final, aunque haya que dar un ligero rodeo. Parecía que las molestias en el estómago remitían y eso me animó aún más. Llegando al kilómetro cuarenta la tendencia de ir cada vez más lento se invirtió y pude acelerar un poco, aprovechando además que el terreno es más favorable.

Al entrar en la zona de la Ciudad de las artes y las ciencias, ya en el último kilómetro, el suelo está adoquinado y resulta un poco incómodo, pero eso ya no importa, estamos en el kilómetro de gloria y ya nada podía detenerme. Por desgracia, a mi acompañante la echaron del circuito y me quedé solo poco antes de llegar a la plataforma que montan sobre el agua donde está situada la línea de salida.

Para no llegar mareado como hace dos años en Mapoma me tomé la llegada con relax, disfrutando de esos últimos metros mirando a un lado y a otro y paladeando el dulce sabor que produce la llegada a la meta de una maratón. El reloj de meta marcaba 3:25:20 que teniendo en cuenta el tiempo que tardé en pasar la línea de salida, se convierte en 3:24:19 que es mi cuarta mejor marca en la distancia. Tengo que estar contento, no siempre se puede realizar una mejor marca personal.

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Llegando a meta, ¡por fin!

Una vez cruzada la meta nos dieron agua, Powerade, una bolsa de mandarinas y una bolsa donde había una palmera de chocolate, un pastel de manzana y unos palitos de pan y chocolate. Recogí la bolsa de la ropa en menos de un segundo y me fui hacia el punto de encuentro donde habíamos quedado los maratidianos. Allí me cambié de ropa y zapatillas, hice unos estiramientos y estuve disfrutando del sol mientras daba cuenta de los líquidos que nos habían dado y de las mandarinas, que estaban buenísimas.

Estuvimos en el punto de encuentro hasta que llegamos todos. Chema pasó por la mano de los fisios y vino como nuevo, feliz como una perdiz con su MMP de 3h17 ¡me sacó siete minutos en nueve kilómetros! El siguiente en aparecer fue Carlos que hizo algo más de tres horas y media, pero muchos kilómetros empujando el carrito de su niño. Después llegó Isidoro también muy contento con su MMP de 3h50 y aunque tuvimos que esperarle un poco, fue Fran el que sin duda más contento y satisfecho estaba, ya que había conseguido terminar su primera maratón. Sin duda ninguna finalizar la primera maratón supone una satisfacción y una emoción difícil de igualar. Mi compañero pradolonguero también pinchó un poco y llegó a la meta con un tiempo neto de 3:21:59. Eso sí, llegó el primero de su categoría de veteranos H. Parece que todavía no habían solucionado la equivocación.

Tras reunirnos todos nos fuimos a encargar un paella y mientras la hacían metimos las piernas en el mar. El agua fría del mar viene de maravilla para recuperar las piernas. Absolutamente recomendable.

¡Qué fría estaba el agua!
¡Qué fría estaba el agua!

Creo que es una carrera absolutamente recomendable. Organización muy buena, animación excelente y trazado llano. Poco más se puede pedir. Bueno, que no permitan circular los coches junto a los corredores.

(Gracias a Chema porque he fusilado partes de su relato)

XXXV Maratón de Madrid

En el mes de diciembre participé en la maratón de Málaga y aunque es una carrera con recorrido llano, los últimos cuatro kilómetros se me hicieron terriblemente duros. Al llegar a meta estuve hablando con un par de compañeros y llegamos a la conclusión que había que hacer más kilómetros a la semana para no sufrir en los últimos kilómetros. Y aprendí la lección. Si para Málaga la semana de más kilometraje fue de 76 km esta vez he hecho un pico de 78 km a tres semanas de la carrera. Y parece que se ha notado 😉

Bueno, sin coñas, aunque esta vez he hecho menos kilómetros, creo que haber hecho varios días algunas series y algún cambio de ritmo me ha venido mejor que hacer muchos kilómetros a la semana. Pienso que hay que hacer kilómetros, pero sin pasarse.

Y ahora llega el ladrillo.

A las siete menos diez habíamos quedado con Emilio para ir en su coche a la salida. Aparecimos a la hora prevista Miguel y un servidor, fuimos a recoger a Quique y después pasamos a por Joaquín. A eso de las siete y veinte estábamos en la calle Felipe IV aparcando el coche. Desde allí fuimos hacia la línea de salida, acordándonos de las madres de los organizadores y de su genial idea de poner el ropero en la línea de meta. Allí me encontré con Pedro que estaba pesaroso por la reciente muerte de su padre. Aunque tenía la cabeza en otras cosas, había pensado en correr esta carrera como homenaje a su padre, igual que Quique, que se había propuesto bajar de tres horas por el mismo motivo.

Emilio, que iba a llevar el globo de las 3h45, se fue pitando hacia la salida, donde tenían que entregarle el globo. El resto de pradolongueros nos hicimos una foto para inmortalizar el momento. Durante el paseíto hacia la salida, me encontré con un viejo conocido que llevaba tiempo sin ver y también me encontré con un antiguo compañero de estudios. Juntos corrimos la maratón de 1999 y trece años después hemos vuelto a repetir experiencia.

Pradolongueros en la maratón de Madrid 2012
Pradolongueros en la maratón de Madrid 2012

Tenía previsto correr con Miguel y Joaquín, pero como se añadió mi antiguo compañero formamos un cuarteto con intenciones de hacer aproximadamente 3h20 y si fuese posible llegar a 3h15, pues miel sobre hojuelas. La táctica de este año era un poco distinta a estos últimos maratones, ya que decidí olvidarme del cronómetro y correr por sensaciones, y es que estar pendiente del cronómetro, como otras veces, produce un poco de ansiedad. Además, no dar excesiva importancia a la marca que pudiera realizar, me llevó a afrontar esta maratón muy tranquilo. De hecho estaba en la línea de salida como si de un entrenamiento se tratase.

Colocado en el corral que nos habían asignado, junto a los que iban a ser mis compañeros de aventuras en esta carrera, esperamos pacientes el disparo que anuncia el comienzo. Tardamos algo más de un minuto en atravesar el arco de salida y el primer kilómetro nos lo tomamos con mucha calma, no había ninguna prisa. Poco a poco fuimos cogiendo el ritmo de crucero, el cual ignoraba ya que el cronómetro no existía para mí, aunque lo llevase en la muñeca.

Sobre el kilómetro 14 comenté a uno de mis compañeros que no sabía si íbamos bien o mal de ritmo y Joaquín, sabiamente, me comentó que era el cuerpo el que me lo debía indicar y la verdad es que me sentía francamente cómodo tal como íbamos, aunque poco después empezaron a entrarme las dudas porque veía los globos de 3h15 muy cerca, como a unos cien metros de nosotros. En el km 16 estaba mi madre, por lo que paré unos segundos a saludarla y cambié un par de besos por un plátano, que ya habían pasado cuatro horas desde que desayuné. Perdí contacto con mis compañeros pero pude alcanzarlos al poco. Justo en esos momentos que iba descolgado, pasamos donde estaban los compañeros pradolongueros que no participaban en la carrera y que nos animaban fervientemente. Además nos hicieron bonitas fotos. Gracias por todo.

Por la calle Fuencarral
Por la calle Fuencarral

La animación era espectacular por las calles de Madrid, en determinados sitios la gente se agolpaba al paso de los corredores, era realmente emocionante pasar por el estrecho pasillo que dejaban. Eso hacía que las piernas marchasen casi sin esfuerzo.

Los kilómetros pasaban a una velocidad vertiginosa, casi sin darnos cuenta ya estábamos en la calle Ferraz, pasando por la media maratón. Uno de mis compañeros indicó que llevábamos un tiempo de 1h37 pelaos, tiempo que me parecía idéntico al del año pasado, aunque luego comparando he visto que era justo un minuto menos. Los globos de 3h15 seguían ahí mismo. Yo iba un poco alucinado y pensaba que más que ir nosotros deprisa, iban ellos un poco despacio.

En la Avda. de Valladolid, sobre el kilómetro 24, mi compañero de estudios decidió que el ritmo que llevábamos era muy rápido para él y aflojó la marcha. Si en la maratón de 1999 fui yo el que me quedé por detrás, ahora era él el que se rezagaba. Nos quedamos en un trío, los inicialmente previstos. La cosa marchaba bien y el objetivo de llegar los tres pradolongueros juntos parecía factible.

Entramos en la Casa de Campo y el recorrido se hizo algo más tedioso. El terreno es duro y prácticamente no hay nadie animando. Me gustó las palabras que nos dijo una chica: disfrutar de la Casa de Campo que hasta el año que viene no pasáis por aquí y está preciosa y tenía razón, estaba realmente bonita después de las últimas lluvias que han caído en Madrid. Una verdadera gozada circular por el pulmón verde de esta ciudad. Desde la entrada a este parque, el terreno es ligeramente ascendente, hasta llegar al kilómetro 29 que se empieza a bajar lo subido. En el 30 nos obsequiaron con un gel que tenía un sabor muy dulzón, debía ser puro azúcar, pero que pienso nos vino bien. Por desgracia, en este punto se quedó Joaquín, por lo que ya sólo quedábamos dos. Bajando por el Pº de los Castaños, decidimos bajar un poco el ritmo para ver si entraba, pero al ver que no llegaba decidimos seguir tirando.

Se sale de la Casa de Campo por la zona del metro de Lago. Allí hay una cuesta que tiene miga, pero esa zona estaba llena de gente que animaba incesantemente a los corredores y se subía casi en volandas, aunque se notaba en las piernas la pendiente. Al poco llegamos al Puente de Segovia donde había unos cuantos familiares animando, eso me dio alas y poco después, un subidón más, porque pasamos cerca del estadio Vicente Calderón y escuchamos en himno del Atleti. No es que el fútbol me atraiga en exceso, pero la afición que tiene mi hijo parece que está haciendo efecto.

Con la inercia provocada por la musiquita en cuestión, llegué al otro extremo del Puente de Segovia y subí la cuesta de la calle del mismo nombre a buen ritmo, aunque tuve un pequeño percance con un corredor que iba delante de mí, que de repente paró en seco y tuvimos un pequeño encontronazo, pero seguí a mi ritmo. Poco antes de iniciar la subida, un amigo de Miguel se nos unió para hacer los últimos kilómetros y después de coronar, se nos unió una amiga que me esperaba con otro plátano. Ya estábamos en el kilómetro 35 y las piernas se encontraban en muy buen estado y los globos de 3h15 seguían ahí cerca…

Subimos el Pº Imperial, donde ingerí un trozo de plátano. Bajamos hacia Embajadores, en uno de los pocos tramos favorables de estos últimos kilómetros y afrontamos el Pº de las Acacias, que se hace muuuuuuy largo y encima picando para arriba. Este tramo no me gustó nada, no sólo por el terreno poco favorable, sino porque la mitad de la calle estaba abierta al tráfico (juraría que otros años no) y era muy desagradable buscar oxígeno para tus pulmones y encontrar monóxido de carbono. Pasado Embajadores mi amiga me dijo que no podía seguirnos y se fue quedando atrás. No sé si fue eso o ver que el globo de 3h15 estaba cada vez más cerca lo que me hizo acelerar o que Miguel deceleró, pero fue perdiendo mi estela metro a metro y en el 39 me había quedado completamente solo.

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En uno de los últimos avituallamientos, foto cortesía de Sebastián Navarrete

Los dos globos a los que perseguía se iban separando cada vez más, parece que uno pinchó (no el globo, sino el que lo llevaba) y en Atocha conseguir pasarle. Llegué a la temida cuesta de Alfonso XII y reconozco que me aunque me costó subirla, la energía que me transmitieron los compañeros pradolongueros me ayudó a pasar esa última dificultad y me planté en el kilómetro 40 casi sin querer.

Igual que Acacias, también se hace larga esta calle hasta la Puerta de Alcalá, pero ya está cerca el kilómetro 41 donde se acaba el sufrimiento y empieza el último kilómetro de gloria. El tramo desde la Puerta de Alcalá hasta la entrada del Retiro también tenía mucha animación, te llevaban en volandas. Y la entrada a este parque ya fue la repera, ya que estaba repleta de gente que animaba sin cesar. Además desde la entrada hasta meta es casi todo el tramo favorable. Apreté un poco el ritmo, pero sin pasarme para no acabar en la enfermería como hace dos años y cuando mi astigmatismo me dejó enfocar debidamente el reloj de meta, no me lo podía creer, marcaba 3h15 y bastantes segundos. Los suficientes para que al acercarme a la línea de meta los minutos pasaran de 35 a 36, llegando con un tiempo oficial de 3:16:12. Descontando el minuto y poco que tardamos en pasar por la primera alfombra, queda un tiempo neto de 3:15:08 que pasa a ser mi mejor marca en la distancia.

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Llegando a meta y haciendo MMP

Un par de minutos después llegó Miguel, marcando un tiempo de 3h17. Joaquín lo hizo en 3h25 y mi antiguo compi, no sé lo que hizo, porque en las clasificaciones aparece con 3h06, pero que yo sepa, no me adelantó en ningún momento. Ha debido fallar el chip como a otros muchos corredores. Tengo la sensación de que este dispositivo de medida no es muy certero, ya hubo problemas en la media maratón de Madrid y en la entera, también. Emilio se adelantó un poco al tiempo que marcaba su globo y llegó con un tiempo de 3h42, neto de 3:40:13. No sé si los corredores que iban siguiendo el globo andarán buscándole para lincharle o estarán contentos por haberles hecho bajar su marca.

Aparte de la marca, lo mejor es que acabé bastante entero y con las piernas en muy buen estado. El domingo por la tarde parecía que no había corrido, aunque imagino que mañana lunes sí notaré algo cargadas las piernas.

Desde mi punto de vista, la organización ha empeorado con respecto a otros años:

  • Lo de poner el guardarropa en la línea de llegada, en vez de en la de salida, es de juzgado de guardia. Un error gravísimo. Como anécdota contaré que faltando 20 minutos para el comienzo, cuando ya estaba yo colocado en mi corralito, llegaron un par de guiris preguntándome donde dejar la ropa. Cuando les dije que a un par de kilómetros, casi se les cae el alma al suelo. No sé qué hicieron, pero si tuvieron que ir hasta allí y volver, tuvieron que hacer una maratón de 46 km.
  • Parece que el chip falló bastante y falseó el tiempo de muchos corredores.
  • Me llamó la atención que no estuviese marcado el recorrido con una línea azul como siempre lo ha estado. No es mucho problema para mí, porque llevo riadas de gente por delante, pero imagino que alguno sí pudo desconcertarse durante el recorrido.
  • ¡No se puede abrir al tráfico tramos que coincidan con la carrera! Que no estamos hablando de la una carrera de poca monta, que se supone que la organización se jacta de ser “silver road race”.

Esperemos que la cosa mejore, ya que ¡¡¡tenemos una cita en la XXXVI edición!!!