Una mazapita

Contaban del gran atleta toledano José Luis González cuando se dedicaba a esto del correr que el único lujo alimenticio que se permitía durante las navidades era comerse una mazapita. Como yo no me dedico a este negocio, me como más de una mazapita en estas fechas. Pero vamos, bastante más. Esta semana ha sido muy complicada: cena de Nochebuena, comida de Navidad y ayer un buen cocido. Buen cocido, pero carísimo. Si alguien piensa ir a comer cocido que no vaya nunca a la cervecería Cruz Blanca, que te clavan de una manera bárbara. Yo desde luego no vuelvo ni aunque me inviten.

Nos es de extrañar que después de estos excesos esta mañana la báscula marcara 71,3 kg que son ¡¡¡dos kilos más que la semana pasada!!! Tenía pensado ponerme en serio con la comida después de estas fechas, ¡pero tengo que empezar ya!

Y hablando de mazapitas. Sin duda el mejor mazapán que he probado es el que hace la familia Manzanero en San Martín de Pusa. No tiene nada que ver con lo que venden por ahí diciendo que es mazapán. Esto es lo auténtico.

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Mazapán Manzanero, ¡delicioso!

Me levanto por la mañana, abro la ventana y observo un sol espléndido, tanto que se me pasa por la cabeza salir en pantalón corto, pero en un momento de raciocinio me doy cuenta de que puede ser engañoso y opto por las mallas largas, ¡menos mal!

Salimos tarde, sobre las once y media, con la idea de hacer 20 km y no dejarlo para mañana domingo y que el martes, en la San Silvestre, estén las piernas cansadas. Nos dirigimos hacia el Parque Lineal, dudando si hacer este parque o tirar hacia Madrid Río como el día de Navidad. Al final optamos por el Parque Lineal para no tener que pelearnos con la gente.

Como últimamente, el tendón de aquiles de la pierna derecha me duele, suele hacerlo hasta que entra en calor y deja de hacerlo, pero esta vez es diferente. Sobre el kilómetro tres, entrando en el Parque Lineal, noto más dolor de lo habitual. Me callo, aprieto los dientes y trato de seguir la estela de mi compañera de entrenamientos. Ella va eufórica, demasiado deprisa diría yo, haciendo kilómetros a un ritmo cercano a 5:15 sin despeinarse. Me cuesta seguirla, pero no digo nada.

Llegamos al kilómetro ocho y pocos metros después nos damos la vuelta y ahí nos damos cuenta de que el ritmo vivo era debido sobre todo al aire a favor que llevábamos. Ahora nos quedan todavía doce para terminar y el aire en contra. Se va a hacer duro, seguro.

La ida y vuelta son 16 km, así que tenemos que meter cuatro en algún sitio. Volvemos a la fuente junto a la entrada del parque, paramos a beber y hacemos una revuelta por esa zona del parque tratando de meter kilómetros. Me duele el tendón, también la rodilla, el aire es asqueroso y además no hago más que pensar en comer, que he salido sin desayunar. Mi compañera piensa más en beber y también va un poco harta.

Acabamos la revuelta “extra” y nos queda subir desde el río hasta casa. La subida tiene su miga, sobre todo si ya vas en la reserva. Así que van cayendo segundos casi sin darnos cuenta. Yo estoy hasta las narices de este entrenamiento mierdoso. ¡Tengo ganas de llegar a casa!

Pasamos el parque de Pradolongo y ya queda poco para terminar. Apretamos para terminar el último kilómetro y resulta como el último kilómetro de la maratón que parece que esprintas y te mueves a ritmo de tortuga. Sólo hay que ver que este último lo hacemos en 5:42.

Al final hemos conseguido completar los 20 km previstos en un tiempo de 1:47:32 @ 5:23 min/km. Lo mejor de este entrenamiento ha sido conseguir superarlo cuando todo se pone en contra. Esa es la filosofía de la maratón: avanzar superando todos los obstáculos.

Ya si que no tengo más remedio que visitar a Josefa, la molestia en el tendón ha sido exagerada. A este paso no llego a la maratón sano.

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