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Fotos de la Carrera de Reyes de Yuncler 2017

Como estoy lesionado y no puedo correr, pero me puede el gusanillo, he estado en Yuncler, pasando frío, digo haciendo fotos. Podéis ver las 650 fotos que he hecho en el enlace:

https://goo.gl/photos/dp9DxNTVWkyKUui68

Podéis, por supuesto, coger las fotos que os gusten, son totalmente libres, pero no estaría mal indicar la procedencia. Gracias.

Como muestra, un botón. En los primeros metros, entre la niebla, ya aparece Santiago Patiño en cabeza, que luego logró el triunfo en la prueba.

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VIII Carrera de Reyes de Yuncler

Hoy he participado en una de las carreras más “apetecibles” del calendario de Madrid y alrededores. Se celebra en Yuncler, pueblo de la provincia de Toledo, y se encuentra más o menos a 45 km de mi casa. Tampoco es mucho, en coche en poco más de media hora estás allí.

Nos acercamos tres componentes del grupo pradolonguero: dos chicas y un servidor y habiendo salido a las nueve y media, llegamos a Yuncler pasadas las diez en punto, una hora antes del comienzo de la prueba, así que nos dio tiempo a recoger el dorsal y la camiseta con mucha tranquilidad, ya que la fila para la recogida era corta.

Si el año pasado la temperatura era baja, este año aunque estaba nublado no hacía mala temperatura. Las chicas siempre son muy previsoras y hablaban de si me pongo pantalón largo, que si corto, que si camiseta de manga larga, que si de manga corta… Yo no tengo problema, corro con mi uniforme habitual de Proniño con camiseta de tirantes y pantalón corto ya sea verano o invierno, haga frío o haga calor. No pierdo el tiempo pensando si tengo que ponerme esto o lo otro. En este aspecto sigo las directrices de Mark Zuckerberg, Steve Jobs o el presidente Obama, que siempre visten igual y según Zuckenberg -el mandamás de Facebook- es porque hay muchas investigaciones que muestran que tomar decisiones pequeñas, incluso las relacionadas a qué ponerte en las mañanas, o qué desayunar, pueden cansarte.

A lo que iba, que tuvimos tiempo de sobra de recoger el dorsal, de ir al servicio, de cambiarnos, de hacernos una foto, de estirar y de calentar. Y porque no había más cosas que hacer…

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Pradolongueros posando ante los trofeos. Ahí fue lo más cerca que estuve de ellos

Unos minutos después dieron la salida. Primero salió un individuo en silla de ruedas, de esas de competición, que se le vio alejarse a toda pastilla. Y un minuto o poco más después salimos los demás.

El jueves, en la San Silvestre de Vicálvaro, me exprimí bien y sufrí bastante, así que hoy no tenía muchas ganas de volver a hacerlo. Salí con la intención simplemente de correr sin esforzarme en exceso; sin embargo, vi un poco delante de mí a una de las compañeras pradolongueras que se había acercado hasta allí y pensé que quizás no estaría mal ir a su ritmo siempre que no fuera demasiado exigente. Acompañando a esta chica iba un un chico llamado Pablo, amigo de Juanqui el del herbolario dBambú, que había salido con la idea de acompañar a esta chica y hacer de liebre.

Aunque hicieron el primero kilómetro bastante deprisa, luego bajaron algo el ritmo y como iba sin sufrir mucho decidí que no iba mal ahí. Además se nos juntó una chica muy joven que se batía con la compañera por ver quien llegaba primera a la línea de meta. Juventud y veteranía codo con codo.

Iba mirando a ambas y notaba que la joven parecía subir con mucha soltura las cuestas arriba, mientras que la veterana le sacaba algún metro en las bajadas, quizás debido a que la otra era demasiado generosa en el esfuerzo cuando la carretera se inclinaba. A todo esto, hay que decir que tampoco es que hubiera cuestas de mucha entidad, aunque en el primer kilómetro de cada una de las vueltas (cada vuelta era de casi cuatro kilómetros) había una cuesta bastante larga (de unos cuatrocientos metros) y luego otra más corta, la subida a la iglesia. Lo demás era más o menos llano.

Esa primera vuelta la completaron codo con codo -literalmente- ambas corredoras y parecía difícil que una se fuera a separar de la otra. Así que en la cuesta larga de la segunda vuelta se me ocurrió aumentar un poco el ritmo para ver si se quedaba la más joven, pero de nuevo demostró que iba algo más fuerte subiendo, así que cejé en mi empeño y volví a integrarme en ese pelotón de cuatro.

En la segunda cuesta, la de la iglesia, también demostró su fortaleza la más joven y subió en cabeza, pero debió dejarse las fuerzas que le quedaban porque una vez coronado el repecho cedió un metro. Me di cuenta del detalle y le dije a la compañera que era el momento, que había que sufrir un poco para dejarla y esta chica, que sufridora es un rato, apretó los dientes y la jovenzuela se fue quedando poco a poco. Ese metro inicial se convirtió en dos rápidamente, luego en cinco, posteriormente en diez y la brecha se fue haciendo más grande cada metro que avanzábamos.

Pablo iba indicando el ritmo al que íbamos y tratando de animar. Yo iba observando en cada giro la distancia que les iba separando y cuando pasamos por el kilómetro siete vi que la separación andaría por los cincuenta metros. La comenté que se podía relajar un poco, que la brecha entre ambas lo permitía y no sé si lo hizo o no, porque el último kilómetro fue el más rápido de todos.

De este modo se proclamó vencedora de la carrera, imponiéndose la veteranía a la juventud. Yo llegué un poco por detrás para no empañar la imagen de la ganadora, marcando un tiempo oficial de 32:57 netos y 32:59 brutos. Algo más de dos minutos del tiempo realizado el año pasado. Luego me di cuenta de que si hubiese hecho el mismo tiempo que el año anterior ¡¡¡hubiese quedado tercero de mi categoría!!!

Además de la primera clasificada, la otra componente pradolonguera también consiguió subir al cajón, siendo la primera de su categoría. Así que de los tres pralonguer@s que nos acercamos hasta Yuncler, sólo yo me quedé sin premio 😦

Curiosamente en la entrega de trofeos hubo un problema ya que los primeros clasificados absolutos, que se supone se llevan el mejor premio, se quedaron sin ellos, ya que “sus” premios se los llevaron los seniors. Luego prometieron enviar al domicilio de cada cual los premios que les correspondían.

Después de la carrera vino el momento más esperado para los corredores que no optamos a otra cosa: las migas, los huevos fritos y la cerveza. Todo un detalle de esta localidad toledana, que no sólo agasaja a los corredores con estas ricas viandas, sino a todo el mundo que se pase por allí, hayan corrido o no. Yo comí sólo un huevo, pero hubo gente que se comió tres e incluso más. Pura ansia viva 🙂

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Sólo por esto merece la pena desplazarse hasta aquí

Toda la logística de la carrera se hace en un plaza donde hay una biblioteca y otro edificio que no sé si es el ayuntamiento. Pues bien, la biblioteca tiene el nombre de Félix Rodríguez de la Fuente y delante del edificio hay un busto en homenaje a este gran naturalista y divulgador. Creo, sin ningún género de dudas, que su serie documental El hombre y la Tierra consiguió despertar la conciencia ecológica en mucha gente de este país, entre los que me incluyo.

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Monumento a Félix Rodríguez de la Fuente

El busto está dedicado al gran Félix Rodríguez de la Fuente. Seguro que mi cuñado Paco, también gran naturalista, le encanta este homenaje.

VII Carrera de Reyes de Yuncler

Nunca había participado en esta prueba y tengo que decir que me ha encantado. El ambiente, el recorrido, la organización y sobre todo, la generosa bolsa del corredor. Repetiré esta carrera siempre que pueda.

Yuncler es un pequeño pueblo de Toledo situado a unos 45 km de Madrid. Puede parecer mucho, pero en coche se llega en menos de tres cuarto de hora. En muchas carreras celebradas en Madrid se tarda más tiempo en llegar. Como la carrera comenzaba a las once de la mañana, calculamos que saliendo a las nueve y media tendríamos tiempo de sobra. Así fue, salimos pasada esa hora y llegamos con bastante tiempo. El día se presentaba bastante frío. El termómetro del coche marcaba grado y medio cuando aparcamos y por la calle corría una marea de aire fresco, fresco.

Aparcamos, recogimos el chip y el dorsal (otra vez me tocó un número capicúa, señal de buena suerte), hablamos con los conocidos, calentamos, estiramos y buscamos un sitio en el pelotón de salida.

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Antes de comenzar la carrera, todavía con el abrigo puesto

Unos minutos después de las once dieron la salida y en tres o cuatro segundos ya había pisado la alfombra de salida y enseguida se puede correr sin ningún problema, ya que la calle es ancha y el pelotón no muy grande. Se sale por una calle ancha y recta y a los cuatrocientos metros se gira a la derecha para subir la primera cuesta de la jornada, que no es muy dura, pero se nota en las piernas. Se corona la cuesta y comienza una bajada para llegar al kilómetro uno. Ahí miré el cronómetro por primera y vi que había hecho 4:02. Muy bien, pensé, un buen ritmo con esa buena cuesta.

Tras la bajada se llega casi al punto de partida, se gira a la izquierda y comienza la segunda cuesta, subiendo hacia la iglesia. Es más corta y llevadera que la primera, por lo que enseguida se pasa. Poco después se pasa por una zona sombreada ligeramente inclinada que aún tenía hielo, había que pisar con un poco de precaución porque resbalaba. Desde entonces fui procurando evitar esas zonas aunque hiciese unos metros más. Llegué al kilómetro dos y miré de nuevo el kilómetro. Lo había hecho en 4:10. Algo no me cuadraba, ya que era más favorable que el primero, por lo que decidí dejar de mirar el crono.

Después de pasar por ese hito kilométrico la carrera enfila por una calle bastante larga y desprovista de casas hacia la A-42, para girar luego hacia la derecha y dirigirse hacia una zona de chalets. Por ahí debía andar el kilómetro tres, que no lo vi señalizado. En esos momentos iba en un grupo de cinco o seis, ajustándome a su ritmo, pensado si era bueno o malo hacerlo, ya que iba algo más cómodo que cuando iba solo.

Al cruzar el puente del arroyo que atraviesa la localidad nos adelantó un corredor del Club Atletismo Leganés, que le recordaba por haberle visto disfrazado en alguna carrera. Por su culpa aumenté el ritmo y me fui tras su estela, aún sabiendo que no sería capaz de alcanzarle de ninguna manera.

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Acabando la primera vuelta, foto cortesía de Ayelen Sekhmet

Poco después de dejar el arroyo se llega a la plaza donde está la meta. Al pasar por debajo del arco (kilómetro cuatro) vi que el reloj de meta marcaba 15:20 por lo que me propuse bajar de 31 minutos en la carrera. La verdad es que me encontraba cómodo y no me parecía complicado conseguirlo.

De nuevo la cuesta arriba, que ya resulta más castigadora al ir más cansado y después a bajar lo subido para llegar a una calle paralela a la de salida. Allí Miguel me hizo una bonita foto.

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En la segunda vuelta, foto cortesía de Miguel

Esta calle desemboca en otra que sube a la iglesia, para completar las cuatro cuestecillas que existen en la carrera. De nuevo, tratar de sortear el hielo y no decaer en el ritmo. Y vi que lo iba haciendo bien porque no me adelantaba nadie y yo iba adelantado a alguno que otro… hasta que faltando unos trescientos metros que me adelantó un individuo que iba como un ciclón. Traté de seguir su estela pero me fue imposible. Aún así apreté a tope en los últimos metros, pero llegó a meta un par de segundos antes.

Cuando paré mi crono marcaba 30:50 aunque la organización, generosa ella, me da un tiempo oficial de 30:49 y bruto de 30:54. Tiempo que estaría muy bien si la distancia fuera de 8 km, pero según el GPS de una amiga que también participó, la distancia que marcó el cacharro fue de 7,8 km. Es lo que tienen estas carreras no homologadas, que algunas te meten metros y otras te los quitan.

Lo mejor vino después. Al pasar a recoger la mochila con la ropa, nos obsequiaron con una camiseta, una botella de agua, un bote de Aquarius, un brick de caldo Aneto y una malla con cuatro mandarinas. Y después, la apoteosis, un plato con migas y dos huevos fritos. Además de cerveza a discreción. Algo fuera de lo normal.

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¿No son apetitosos esos huevos fritos?

Después de ponernos bien a comer y a beber, estuvimos esperando a la entrega de trofeos, ya que varios pradolongueros subieron al pódium. Nada más y nada menos que cuatro. Resulta que el gran José Luis González, que tuvo el récord mundial de 1500 en pista cubierta con 3:36.03, era uno de los encargados de entregar los trofeos. No pude evitar hacerme una foto con él y con otro gran campeón pradolonguero.

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Con dos campeones

Y todo esto por el módico precio de 10,6 €.